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A ESTAS ALTURAS CARMEN RODRÍGUEZ WANGÜEMERT

Perdónenme

14/jun/09 08:00
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PERDÓNENME por no ocuparme de ustedes. Porque no sepa hacerlo. Porque esté en otra parte. Perdónenme otra vez más porque obvie lo importante: sus mutuas acusaciones, sus corruptelas, sus debates sobre quién ganó y qué se perdió. Pido que me excusen por permanecer aún en torno a un pozo séptico, y que me disculpen por haberme ido al cine el día de las europeas. Se lo ruego a la querida clase política.

Fui a ver "Millennium 1". No quiero tener que pedir clemencia por el error de pedirle a una película lo que ofrece el libro que la originó. Ni tener que justificarme por leer, con perspectiva de género, la obra que el fallecido Stieg Larsson dicen que tituló en sueco "Los hombres que odian a las mujeres", y al que algunas sutilezas convierten en "Los hombres que no amaban a las mujeres".

Lo cierto es que el thriller cumple su función -mantiene el suspense- y no se arruga. Resalta la capacidad del autor de no confundir: es implacable con los comportamientos machistas, exalta los comportamientos positivos de las mujeres y no salva jamás a alguien que no respeta al 50 por ciento de la población. Pero he de solicitar indulgencia por no encontrar en mis vecinos de la sala aquella forma de entender. Por creer que llegué a percibir entre las reacciones gestuales la contradicción: que está bien que existan mujeres como Lisbeth Salander -pero de lejos, y sin llegar a quererlas, porque ni en el cine se admite a las heroínas? sí a los héroes-.

Habré de pedir gracia -un amparo colegial-educacional-generacional si quieren- porque la Salander cinematográfica me trastoca: controversias de la venganza. Me hace temblar ante la oscuridad del pozo séptico que albergó a Isabel Canino. Y también me tambalea ante las suposiciones. De darse el caso, ¿algún convencionalismo educacional me impediría tatuar el pecho del agresor; marcarle? ¿Prendería el fósforo? Tal vez por eso prefiero a la literaria, la Lisbeth para la reflexión más pausada, que me lleva a rechazar el mensaje que aún ocultan las palabras políticamente correctas de la condena. La que me lleva a enfrentarme a ese código acallado, reservado a la intimidad -ese lugar en que durante tanto tiempo estuvo el maltrato-, al preguntarnos qué hacía esta chica canaria de nuestro tiempo con ese hombre: como si de verdad lo ignorásemos, como si hubiéramos perdido algunas de los profundos surcos de la trayectoria de nuestra educación. Por eso sigo en torno al pozo séptico. Más sencillo hubiera sido votar.

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