LoS PERIÓDICOS de estos días han traído una amplia información acerca de los habitantes del Valle de Tahodio, que inexplicablemente en este siglo XXI llevan una vida de penurias y estrecheces inconcebibles, con promesas edilicias de mejoras inmediatas nunca cumplidas y que llegan hasta el extremo de una vía de acceso en tales condiciones de abandono que hasta las ambulancias se niegan a acercarse a la recogida de los enfermos o accidentados con el problema que ello crea a la comunidad de vecinos allí afincados. Y ello trae a mi memoria los años de mi infancia y primera juventud, allá por los finales 20 y años 30, donde las excursiones jugaban, para al menos algunos de nosotros, un papel importante en los días de fiesta, en una época en que no había ni radio ni televisión al alcance popular y no digamos las hoy famosas consolas, en la que los muchachos jugábamos al fútbol en la calle con pelotas de trapo de lo que el amigo Saso era un consumado maestro, cuando nadie tenía una bicicleta y en la que ninguno de los padres de nuestros familiares y amigos tenían coche, eso que ahora tiene hasta la muchacha que viene ahora a casa a hacer que limpia.
Porque, llegado el domingo, ¿qué se podía hacer? Pues aparte de ir a la misa del colegio o a otra con la familia, y por las tardes al cine a la matiné de las 4, los domingos del verano solía ir con mi padre a misa de 11 en San Francisco, donde a veces sus amigos le decían medio en serio, medio en broma: "Qué, don José, ¿ya saltó la brisa?" y luego caminando al Club Náutico viejo, al lado del castillo del Cuartel de Ingenieros, frente al edificio de oficinas de la Junta de Obras del Puerto, en la actual Avenida de Anaga, donde en comprobación de la mentada brisa salíamos en balandro empezando por los monotipos "Eolo", "Proteo" y "Tritón", para continuar luego con el tripudo y pesado "Chiqui" y terminar con el airoso "Magda", ya que a mí no me tocó la época del "Halcón", que nos llegó creo que de Argentina, o bien salíamos en yola, en aquellas de cuatro remeros con timonel, de cuya tripulación era patrón mi padre, mientras que los remeros los formábamos cuando ya éramos jovencitos mi primo Guillermito Cabrera, como boga; seguidos en este orden por Raimundo Rieu y yo, y Yeyo Lomo, como proel. Pero el resto del año mi padre y yo salíamos muchas veces de excursión los domingos, ataviado mi padre con polainas, bastón y sombrero, y yo con mi pantalón corto, camisa y mochila a la espalda, donde llevaba la comida que nos había preparado mi madre si la excursión era de una cierta entidad y se prolongaba hasta casi la noche, lo que nos daba un aspecto un tanto extraño, como de ingleses turistas en visita a la isla, hasta el punto que por la Rambla, a lo largo de la cual empezábamos nuestras andanzas, los chiquillos nos seguían a veces al grito de "uan peni, uan peni" y mi padre los ignoraba con su silencio. Aunque, a veces, en esas excursiones largas nos acompañaban, también todos con su bastón y sombrero, don Jorge Menéndez, ingeniero jefe de la Jefatura Agronómica, o don Pedro Guezala, pintor del que tenemos en casa un cuadro magnífico de belleza juvenil de la que fue luego mi suegra, Pepita Trujillo.
Pero muchas veces, la excursión era corta, especialmente en verano, como allá, por el 36 nos íbamos andando a través de Las Mimosas y el Quisisana a Las Mesas con don Luis Brú, catedrático de Física en la Universidad de La Laguna, donde desempeñaba su primer destino y al que mi padre conocía de Madrid, donde había sido alumno de mi tío Blas Cabrera, catedrático de Electricidad y Magnetismo, muerto en el exilio mexicano, que llegó a ser durante el reinado de Alfonso XIII rector de la entonces Universidad Central madrileña que empezaba la construcción de una nueva y mayor en lo que se llamó Ciudad Universitaria (de cuya construcción se ocupaba don Juan Negrín), en parte destruida durante la guerra civil que empezó justamente ese año, y donde don Luis era investigador en el instituto Rockefeller que dirigía mi tío, entidad sufragada por este acaudalado prócer norteamericano. Si bien otras veces nos acercábamos al llamado Pico de la Muela, en los barrancos próximo a Santa Cruz, a donde íbamos en alguna calurosa mañana veraniega junto con dos jóvenes profesores mercantiles que habían venido destinados creo que a la Delegación de Hacienda santacrucera los años 35 ó 36, y donde en más de una ocasión presenciamos las actividades de un cabrero y su rebaño, al que guiaba y conducía desplazándose por aquellos riscos casi verticales con ayuda del famoso largo "palo" a una velocidad y con una seguridad que causaban asombro, mientras que nosotros cuatro, sentados a la sombra de nada, nos pasábamos de mano en mano una lata de leche condensada Nestlé a la que hacíamos dos agujeritos diametrales que nos acercábamos a la boca para chupar un poquito hasta que acabábamos uno o dos de aquella latitas contemplando el paisaje desolado, casi salvaje pero bellísimo, de nuestra bendita tierra. Me acuerdo especialmente de uno de ellos llamado José Luis Herce del Pino que, como el otro, se apuntaron como voluntarios al estallar el Movimiento Nacional, cosa que hicieron todos los jóvenes que yo conocía en Santa Cruz, y al que tuve ocasión de ver ya durante la contienda con su elegante uniforme de amplia capa y fez de Alférez de Regulares, que luego siguió la carrera militar siendo ayudante preferido del general de la Legión Millán Astray, quien al correr de los años llegó hasta casarse con una afamada actriz de revista.
Pero aparte de muestras correrías de muchachos hasta La Cueva Roja con nuestra tiradera para la caza de lagartos, una de las excursiones populares por excelencia era la ida a la Charca de Tahodio, que se prolongó durante años y a la que fui hasta de novio de mi actual mujer. Solíamos ir en grupo de chicos y chicas, acompañados allá por los 30 de alguna persona mayor, salir ya por la tarde cuando el sol de verano había reducido sus ardores, llevando con nosotros algo de merendar. El pasar junto a la charca, con sus aguas verdes que se utilizaban para regar las fincas de plátanos del Valle Tahodio abajo hasta el mar, era siempre un espectáculo, ya que agua dulce en esas cantidades no se veían sino en ciertos estanques que había por toda la isla, pero de tamaño mucho más reducido y que sólo veíamos por fuera cuando pasábamos cerca de ellos en guagua o en algún coche o taxi en otros desplazamientos, muchos con motivo de subir de veraneo a La Laguna o en paseo por aquella zona donde el sol no castigaba como en muchos otros lugares de la isla. El merendar era algo más complicado, porque no había ni árbol donde protegerse del sol ni cueva decente donde acogerse, y si se quería merendar medio decentemente, no había tu tía sino seguir subiendo hasta el monte de Las Mercedes, que supongo serían mercedes celestiales, donde a la sombra de aquellos árboles y bien en el Llano de Los Viejos o en el Llano de Los Loros, que hace decenios que ni veo, nos poníamos a merendar a la sombra y hasta con agua corriente fresquita. Y luego, si habíamos llegado hasta allá arriba, solíamos volver en guagua y en actitud más bien ruidosa y hasta cantando alguna que otra vez. La excursión a la Charca Tahodio era uno de los puntos obligados cada verano, algo que imagino que a nadie se le ocurre hacer ahora, al tiempo que tampoco es ya una charca, sino una "balsa", no de las que flotan, sino de las otras, o también lo que dicen una "presa" como esas de las que hay miles en la Península, si bien la nuestra parece que anda abandonada de los poderes públicos de todo tipo. Y es que últimamente nos estamos volviendo como muy finos, y ya no decimos "charca" sino "presa" o "depósitos de agua", aunque para depósitos de agua los del ayuntamiento allá por la plaza de Toros, que los canarios hemos decidido parlamentariamente erradicar de nuestro suelo como tal expansión taurina y relegamos al olvido a nuestro Pedrucho de Canarias, por ejemplo. Porque sí; nos hemos vuelto muy finos y muy sabios, y ahora hasta sabemos que el agua potable contiene nada menos que fluor, eso que nos enseñaban en el Bachillerato como uno de los halógenos (fluor, cloro, bromo y iodo, que todavía me suena así después de casi 80 años), al tiempo que sabemos que nuestra refinería, dicen los gallegos aunque estos son capaces de todo y el edil Zerolo se lo cree, parece que lanza a la atmósfera cosas tan raras y al parecer peligrosas como vanadio, níquel, cadmio, mercurio, plomo y hasta otras aún mas raras a las que llaman "benzofluoranteno" y "criseno", aunque, eso sí, en cantidades tan pequeñas que llaman "ppm", que quiere decir "partes por millón" (¡toma del frasco, Carrasco!), aunque un amigo muy listo me acaba de decir que hay otra unidad aún mas pequeña a la que llaman "ppb" que ni sé ya lo que significa. Y es que, en efecto, nos hemos vuelto como muy técnicos y ya no vamos a la charca de Tahodio. Ya les digo, una pena.
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