TODOS lo habían anunciado, porque la aritmética no es ideológica: para mantener (ni pensar en mejorar) la cobertura de lo que se conoce como servicios sociales, es decir, sanidad, educación y pensiones sólo hay dos caminos, y probablemente ambos: una contención dura del gasto público, y una subida de impuestos. Todos lo habían dicho, menos el Gobierno, que en vez de eso prometía mejorar esas prestaciones con más gasto público y sin subir los impuestos.
Ahora que no hay convocatorias electorales a la vista en un plazo razonablemente largo, lo primero que ha hecho el Gobierno, sólo cinco días después de las elecciones europeas, ha sido bajarse de la nube y anunciar el viernes, tras el Consejo de Ministros, una subida importante de impuestos especiales y el cambio de sus brotes verdes por la previsión de que el desempleo seguirá creciendo durante este año y el que viene. Como de costumbre, se ha olvidado de lo que prometía antes, y no ha considerado que tenga ninguna obligación de explicar ni su anterior incompetencia ni, lo que es más probable, su voluntad de engañar a la ciudadanía cuando las urnas estaban cerca. De todos modos, muchos ciudadanos no se engañaron, como lo ha mostrado el resultado de las elecciones del domingo; pero eso no borra la pésima conducta de un Gobierno que insulta a los contribuyentes de esta forma.
También era previsible que el presidente del Gobierno no saliera a dar las malas noticias, sobre todo tras haberse comprobado su reacción de refugiarse en su escondrijo de La Moncloa en cuanto se conocieron los resultados de la consulta europea. Para esta incómoda función ha designado, en un gesto muy discutiblemente feminista, precisamente a las dos mujeres entre los tres vicepresidentes, Fernández de la Vega y Salgado, cuyos gestos adustos siempre podrían interpretarse no como su modo de reflejar el desagradable mensaje del estacazo fiscal, sino como consecuencia de la estructura facial con que las ha adornado la naturaleza.
Intervencionismo
Ahora podría abrirse una mínima esperanza de que el Gobierno se bajase de la nube propagandística y empezase a gestionar la crisis como si comprendiera la realidad. Pero no hay que pasarse de optimistas, porque hay datos abundantes que inclinan a pensar que estamos ante un modo de ser, y no ante un caso de buena voluntad entorpecida por la ignorancia. Parece más sensato, a la vista de estos últimos cinco años, pensar que si el Gobierno sube los impuestos no es porque se disponga a enfrentar la crisis, sino porque necesita más dinero para perseverar en sus errores y financiar sus ocurrencias intervencionistas.
En efecto, una subida del impuesto sobre los carburantes habrá de repercutir inexorablemente en los precios de todos los bienes y servicios que requieren alguna clase de transporte. Si añadimos la anunciada subida de las tarifas eléctricas, nos encontramos con que, en un contexto de recesión como el que vivimos, sólo faltaba eso para desalentar la producción, al tener que encarecerse los precios en vez de reducirse si se pretende animar el consumo, y con él el conjunto de la economía.
Un indicador de que este pronóstico más bien melancólico está equivocado -lo que sería algo estupendo- sería que el Gobierno, aun persistiendo en su error ideológico intervencionista, diera un severo frenazo al gasto público consuntivo; pero en lugar de eso, lo que vemos es que acabamos de batir el récord absoluto de número de funcionarios; que vivimos con unos Presupuestos puramente ilusorios sin el menor contacto con la realidad; y, sobre todo, que Rodríguez Zapatero no da el menor signo de cambiar esta tendencia, mientras se dedica con tesón digno de mejor causa a tratar de distraer la atención con proyectos legislativos encaminados a destrozar cualquier consenso moral básico que mantenga alguna clase de cohesión social.
Esta actitud confirma el desalentador diagnóstico del zapaterismo, según el cual Rodríguez se está dedicando con sus disparates a convertir los chistes en realidad. En el caso que nos ocupa, es inevitable recordar el viejo chiste de la hija que llegó a casa muy alterada, y contó a sus padres que, mientras estaba con sus amigos fumando unos porros, dos chicos de la pandilla la llevaron a un solar, la violaron y le robaron todo lo que llevaba encima; y ante el pasmo aterrado de sus padres, añadió: "¡Que nooo! ¡Que es una broma! ¡Sólo he suspendido la selectividad!". Pero lo de Zapatero es peor que el chiste, porque sus maniobras de distracción no son imaginarias, sino reales.
El heraldo
A su obcecación con la nueva ley de aborto, que ha levantado oleadas de indignación social, ahora le sigue esa ley sobre "muerte digna" en el Parlamento andaluz. Es interesante lo que ocurre con esta ley: no añade nada a lo que ya está legislado y se viene haciendo en casos de enfermos terminales que experimentan gran dolor físico, y que constituye una buena práctica médica: o bien aplicar al paciente cuidados paliativos del dolor, aunque eso acorte el período de agonía en que se encuentra, o retirarle tratamientos desproporcionados o extraordinarios que no le curan nada, sino que únicamente le prolongan el proceso inmediato irreversible de muerte. Sin embargo, todos los medios de comunicación han destacado esta ley. ¿Por qué? Porque unánimemente han interpretado que se trata del heraldo de una futura ley de eutanasia y suicidio asistido.
El negro presagio de médicos convertidos en verdugos de sus pacientes ha empezado a sobrevolarnos. Ya ha empezado el proceso de presentar la eutanasia como una forma de medicina, y no como una forma de homicidio que expulsa a la medicina, porque es su negación misma. Quien quiera saber algo más de la única experiencia de este proceso vigente en el mundo, que es la holandesa, será muy recomendable que lea "Seducidos por la muerte", un libro de reciente aparición editado por Planeta.
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