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Las lágrimas de Ricardo y las de todos

El mediocentro, clave en la exitosa campaña del Tenerife, lloró aliviado al final del partido, después de dejar a su equipo una hora con diez Muchos seguidores lo hicieron con el 2-0
8/jun/09 07:50
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JUAN JOSÉ RAMOS, S/C Tfe.

Tenía que terminar así. El penúltimo capítulo -falta un punto- en la historia del cuarto ascenso del CD Tenerife a Primera no podía escribirse de otra forma: sangre, sudor, lágrimas... y suspense, mucho suspense. La tarde, con Alicante y Zaragoza además de Tenerife y Jerez pendientes, tuvo de todo. Y casi todo bueno. El 2-0 pone al equipo de José Luis Oltra en su sitio: líder, donde debe estar el mejor equipo de cada competición. El cómo se consiguió viene explicado ahora.

Media hora de ensueño.- Salió mandón el Tenerife. Ni las bajas ni los resultados del sábado ni el líder (ahora ex líder) que tenía enfrente. Nadie pudo con un equipo que, cuando junta a los buenos, tiene tal precisión que mata a cualquiera. Alfaro, con una vaselina que habrá hecho saltar de su asiento hasta a Manolo Jiménez, puso por delante a los suyos. En 28 minutos le pudieron caer dos o tres más a un Xerez totalmente a merced de su rival.

La roja a Ricardo.- Lo que pasó por la cabeza de Ricardo en aquel momento es evidente: había que frenar el contragolpe andaluz como fuera. Pero el cómo se le fue de las manos. La entrada sobre Carlos Calvo era de roja. Dejaba a su equipo con uno menos durante más de una hora y se perdía también la siguiente jornada. Nadie como él habrá sufrido este partido, sintiéndose culpable si las cosas terminaban saliendo mal. Por eso, seguro que lloró de rabia y de alivio al final del partido. Este ascenso en gran medida se lo debemos al motor de este Tenerife, que ha sido él. No hay nada que perdonar y sí mucho que agradecerle al de La Longuera.

Nunca hubo inferioridad.- Esta vez no hay espacio para hablar de los cambios de Oltra, las paradas de Sergio o el golazo de Nino, que nunca perdona. Jugaban con uno menos los insulares, pero no fue así del todo. A pesar de la roja a Ricardo y la nefasta actuación de Iglesias Villanueva, las cerca de 22.000 almas que habitaban ayer el Heliodoro llevaron en volandas a su equipo y equilibraron la desigual pelea. Insuflaron casta para despejar cada balón y los animaron a hacer un esfuerzo más. Y al final, cuando entró la pelota en el segundo gol, también lloraron, pero de alegría.

 

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