CIUDAD del norte de Italia, entre el Reno y el Sávena, importante centro industrial, con destacados edificios medievales, la universidad más antigua de occidente (1088), y cuna cultural y artística durante el Renacimiento. En junio de 1999, celebraron allí los ministro de Educación de 29 países europeos en una conferencia que sentó las bases para la creación del Espacio Europeo de Educación Superior (EEES), conocido como Plan Bolonia.
Este sistema, que deberá estar establecido en 2010, trae de cabeza a toda la comunidad educativa, que en los últimos meses se ha manifestado y enfrentado por su implantación; aunque curiosamente inició su aprobación en mayo de 1998, en la llamada Declaración de la Sorbona, donde se reunieron los responsables de Educación de Alemania, Italia, Francia y Reino Unido. La ruta del Plan Bolonia ha seguido un largo recorrido en el calendario, en diferentes ciudades, y con la adhesión de nuevos países (45 en Bergen -Noruega- en mayo de 2005), y en la última cumbre, en Lovaina (Bélgica), se manifestaron los retos a los que hará frente el EEES, de aquí al 2020, y que será beneficioso para las futuras generaciones. El proyecto genera discrepancias probablemente por desconocimiento, pero en España los enfrentamientos se radicalizan porque han dejado de valorar el esfuerzo, base importante en la preparación de nuestros jóvenes.
El proceso de adaptación será complejo, porque unirá a Europa en una misma fórmula educativa, sin que los diferentes países pierdan un ápice de sus particularidades e idiosincrasias, tratando de acoplar las enseñanzas y materias a todos los estudiantes europeos, que compartirán asignaturas, o dicho de otro modo: un estudiante de medicina se habrá preparado igual en España que en Italia, o Suecia, y cuando termine su carrera podrá ejercerla en cualquier país de la comunidad, lo que será provechoso para todos los colectivos. ¿Por qué las manifestaciones en contra? Por desconocimiento, claro está, pero realmente porque una parte muy significativa de jóvenes no han sido educados en el esfuerzo. Cuando el Plan entre en vigor, los jóvenes tendrán la obligación de asistir a clase, o serán sancionadas sus "fugas", y se premiará la tenacidad y la aplicación. Si compaginan estudios y trabajo hay otros caminos, la Uned, por ejemplo, fantástica institución de educación a distancia. Pero no sólo los alumnos deben adaptarse, también catedráticos y profesores deben prepararse, porque la informática y los idiomas dominarán todas las asignaturas. A muchos les costará especialmente a los mayores (los que más se han puesto en contra), pero están obligados a reciclarse y no podrán escaquearse.
Mientras el "Bolonia" sigue su curso de adaptación, una parte de los estudiantes continúan con sus manifestaciones y presiones, llegando a terribles enfrentamientos públicos en los que, como siempre, destrozan mobiliario urbano, queman coches y hay heridos. Provocaciones que algunos políticos remilgosos llaman "algaradas", y que a mí me gustaría saber cuánto nos cuestan.
Los mayores beneficiados son esos jóvenes que no se dan cuenta de que podrán competir al mismo nivel y en otros países; y las empresas aprovecharán a los nuevos profesionales, porque ahora más que nunca hace falta investigación, innovación y transferencia de conocimientos. Un reto fascinante.
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