LA GENTE, nuestra gente, se restriega los ojos y no acaba de creerse lo que está pasando. Redadas en los ayuntamientos con decenas de detenidos, jueces imputados por delitos, narcotraficantes puestos en libertad por error, políticos que se insultan y acusan de decenas de atrocidades en prensa, radio y televisión?, la vida pública se ha convertido en una especie de "tomate", en una crónica de excesos, de abusos, de escándalos, de parcialidades, de manipulaciones, de mentiras, de favores? Y todo esto, al final, está corroyendo el cuerpo de una democracia putrefacta que comienza a oler a podrido. Un sistema en el que ya no se sabe quién es decente y quién un miserable, porque todos parecen -parecemos- lo mismo por mucho que se nos llene la boca diciendo una y otra vez que todos estos casos son los menos.
En este escenario donde todo vale, donde se ha perdido cualquier atisbo de prudencia, de templanza y de moderación, cualquier cosa sirve para echar en la caldera de vapor para que el tren siga avanzando al grito marxista de "más madera, esto es la guerra". Las denuncias, las acusaciones, sirven para imputar bajo sospecha de delito a los adversarios y someterlos a un juicio mediático previo, una exposición pública donde los tribunales son los medios de comunicación y el jurado los ciudadanos que votan. Los jueces y fiscales salen más en los periódicos que las estrellas de cine. Las operaciones policiales se preparan pensando en las cámaras de televisión y los políticos y las administraciones gobiernan pensando en los titulares del día siguiente.
En este caldo de cultivo no es extraño que se nos haya ido la olla, que nos hayamos grillado, que simplemente estemos ya locos como cabras. Porque sólo así, desde la óptica del "todo vale", se puede entender que en este país se haya anunciado en serio que una niña de 16 años pueda decidir abortar sin que sus padres lo sepan o tomarse una pastilla "del día después", una bomba hormonal que puede producir trastornos hepáticos, circulatorios y problemas con la ovulación.
Carece de lógica que, en un país donde no es posible comprar un antibiótico, un antiinflamatorio o un diurético sin receta médica, se permita que una chica de 16 años pueda tomar la decisión de abortar sin la autorización de sus padres o pueda adquirir sin control médico una pastilla para evitar un embarazo indeseado. Hace pocos días he tenido que acudir a unas dependencias de la Policía para firmar una serie de documentos donde autorizo a mi hija, de 16 años, para realizar un viaje de vacaciones a un lugar de la Península con otras compañeras de colegio. ¿Cómo es posible que necesite el permiso de sus padres para realizar un viaje y no lo necesite para someterse a un procedimiento médico de interrupción del embarazo? No. No es lógico. Ni es lógico ni es comprensible.
Entiéndanme. No se trata de ser más o menos "liberal" o más o menos "conservador" al defender que las mujeres sean las dueñas de su propio cuerpo y las que deben tomar una dura decisión que sólo a ellas les atañe. Pero he dicho bien cuando he afirmado que son las mujeres. No las niñas en solitario y sin que esa decisión sea fruto de una reflexión con sus padres y su familia.
Sólo en esta vertiginosa carrera hacia el absurdo, sólo en este vodevil político, en este teatro surrealista en que se ha convertido la política en España, se puede utilizar cualquier cosa como herramienta de propaganda electoral. Entre la política socialmente "avanzada" del PSOE y las posiciones "conservadoras" del PP, mezcladas unas y otras con elementos religiosos y morales, habitamos muchos ciudadanos en una tierra cada vez más de nadie en la que sólo pedimos sentido común y respeto. Si este Gobierno obliga a personas mayores de edad a llevar casco en la moto o cinturón de seguridad en el coche, incluso en contra de su voluntad, para preservar su seguridad de forma obligatoria; si se limita la velocidad en las carreteras para evitar accidentes (y recaudar cuantiosos fondos por multas de tráfico); si se prohíbe el botellón en las calles y la mayoría de edad está situada en los 18 años, por lo que antes de esa fecha los jóvenes ni siquiera pueden tener el carné de conducir, ¿en dónde cabe, en qué cabeza hueca se ha forjado la idea de que mi hija, con 16 años, pueda ir mañana y abortar sin que su madre y su padre tengan el derecho de hablar con ella, aconsejarla, compartir su problema o vivir con ella esa importante decisión y sus consecuencias, sean las que sean?
La respuesta, nuevamente, es que todo vale. La respuesta es que con tal de enfrentar al PP con una parte del electorado joven de España, el PSOE gobernante no ha dudado ni un segundo en tirar ese hueso para roer en las campañas electorales. Y esa certeza me hace pensar que estamos traspasando las últimas fronteras de la cordura para entrar en una especie de ley de la selva donde ya no gobernamos pensando en el bien de todos, sino en el bien de las urnas, en ganar las elecciones a costa de lo que sea y de quien sea.
Una aluminosis imparable está debilitando las estructuras del edificio que, con tanto esfuerzo, hemos levantado. Políticos, jueces, fiscales, periodistas, empresarios, profesionales?, nadie escapa de la sospecha generalizada y la descalificación genérica. Todos somos culpables hasta que se demuestre lo contrario y aún incluso después. Ya se juega a política incluso con nuestros hijos menores. Nuestra gente ya no cree ni en nada ni en nadie porque le parece que todo está putrefacto. Y no es extraño que sea así porque el espectáculo no merece otro juicio. La gente que lucha para pagar las hipotecas y el colegio de sus hijos, la gente que sufre porque la crisis le está comiendo las reservas, porque parte de su familia se ha ido al paro, la gente que se harta de ver todos los días a unos y a otros acusándose y acusados de mil corruptelas, desviaciones y cambalaches, no puede pensar más que "todos estos son iguales". Nos van a mandar a freír puñetas. Y con toda la razón del mundo.
Algún día saldremos de la crisis económica a base de trabajo y solidaridad, pero de lo que nunca vamos a salir, si no cambiamos, es de este profundo pozo de despropósitos. El Estado de derecho se está descomponiendo en nuestras propias manos. Los partidos, los políticos y las instituciones han perdido la cordura. La democracia se ha transformado en un gigantesco vertedero donde se vierten toneladas de desechos y donde cada vez es más difícil encontrar algo útil entre tanta y tanta basura. Pero, joder, no me resigno.
* Alcalde y diputado en el Parlamento
de Canarias
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD