DURANTE su reciente visita a Jerusalén, el Papa Benedicto XVI pidió un Estado para los palestinos, a la vez que suplicó a todas las partes implicadas que busquen una solución justa y duradera para poner fin al conflicto que enfrenta a israelíes y palestinos, a fin de que ambos pueblos puedan vivir en paz en su patria, con fronteras seguras e internacionalmente reconocidas. Esta solución, que parece fácil, resulta inviable por ahora porque ni judíos ni palestinos quieren llegar a un entendimiento pacífico.
Sin lugar a dudas, uno de los espectáculos más dolorosos de los tiempos actuales es el que nos viene ofreciendo la permanente confrontación entre judíos y palestinos por la ocupación de unos territorios que, según las aceptadas leyes de la convivencia internacional, deberían estar ya perfectamente delimitados. Sin embargo, la situación que se está viviendo en Oriente Medio es la de miles de personas que mueren cada año en las distintas acciones de guerra o de terrorismo que allí se producen.
Frecuentemente, se califica de terroristas a los palestinos, posiblemente con razón, sin osar calificar el terrorismo de Estado el que comete Israel al utilizar sus ejércitos en acciones de guerra dirigidas contra civiles, mujeres, niños y ancianos, justificándolo con el menor de los pretextos.
Israel debe terminar su ocupación de las tierras palestinas, vaciar los asentamientos que ha construido ilegalmente y dar a los palestinos su independencia. No hay otra salida. Esto es difícil que lo acepten Simon Peres y Benjamin Netanyahu, presidente y primer ministro israelíes, respectivamente. Pero si Israel prosigue su camino de destrucción lo único que conseguirá es crear odios inextinguibles y perder el apoyo y el respeto de todos los países occidentales.
Hagamos un poco de historia para sacar a la luz algunas piezas de este sangriento puzzle que el tiempo ha difuminado y las posiciones políticas tergiversado. Palestina, aunque se crea lo contrario, no era un país. Era una colonia inglesa desde finales de la Primera Guerra Mundial y hasta 1948. Antes había sido una provincia olvidada del Imperio Turco-Otomano durante casi 400 años, donde convivían árabes y judíos. Nunca hubo, pues, un país, sino un territorio colonial donde surgieron dos movimientos de liberación nacional. Uno, el judío, llamado sionismo (retorno a Sión), y el otro palestino-árabe. Cada movimiento luchaba contra el enemigo común, los ingleses, para que se fueran. Además, luchaban el uno contra el otro para fundar sobre el mismo territorio su país excluyendo al otro.
En 1947, la ONU decretó la partición de Palestina para que se fundaran dos Estados, uno judío y el otro árabe. Israel aceptó esta resolución de la ONU, pero los árabes la rechazaron al negarse a que Israel tuviera su Estado independiente en un territorio que reclamaban como propio. La respuesta de los árabes al declararse la fundación del Estado de Israel, en 1948, fue la de invadir con sus ejércitos el pequeño país para "echar a los judíos al mar". A pesar de que Israel era una nación pobre, tuvo que hacer frente a una guerra que le plantearon Siria, Líbano, Jordania e Irak, venciéndoles.
Es muy importante recalcar que si los árabes hubieran aceptado la partición ofrecida por la ONU se habría fundado hace 62 años un Estado palestino. A raíz de esta derrota, los países árabes y la Organización para la Liberación de Palestina (OLP) tomaron como meta la destrucción de la joven nación de Israel a través de acciones terroristas indiscriminadas contra civiles y más guerras, como la "Guerra de los Seis Días", en 1967, y la "Guerra del Perdón", en 1973, ambas favorables a Israel.
Hasta ahora todas las negociaciones para lograr la paz entre palestinos y judíos han fracasado por la tenaz oposición de los líderes palestinos, desperdiciando oportunidades históricas para fundar su Estado, debido a que no aceptan la existencia de Israel como Estado en esa zona. Con este objetivo no cesan de efectuar acciones terroristas respondidas agresivamente por Israel.
Resulta muy difícil e injusto encontrar culpables a este conflicto. Varios decenios de lucha sangrienta entre palestinos y judíos deberían servir para convencerles de que la única solución viable a la inacabable guerra es la creación de un Estado palestino. ¿Cuántos muertos debe haber más? ¿Cuánto sufrimiento más deben padecer las poblaciones civiles israelita y palestina? Mientras ambos no se convenzan de que la guerra y la muerte no son la solución, poco o nada se podrá conseguir para el logro de la paz.
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