HACE UNOS DÍAS, leí en la prensa local algo así como una visión ideal y exageradamente positiva de la ciudad de Santa Cruz de Tenerife. Se elogian, entre otras cosas desafortunadas, los bodrios de la reformada plaza de España y los proyectados por los nefastos arquitectos Herzog y De Meuron, los cuales ganaron el que yo llamo "Concurso de Malas Ideas" de la cara marítima de la ciudad. Se me pareció el escrito a otro, publicado también en los periódicos, en el que destacó otra perspectiva, igualmente halagüeña de su ciudad, el propio alcalde de Santa Cruz, don Miguel Zerolo, al cual, oportunamente, contradije en esta columna. No ignoro que gobernar en un ayuntamiento como el nuestro es extraordinariamente complejo. Acechan constantemente a los ediles, desde el primero al último, por si cometen el más mínimo fallo, los habituales enemigos y no adversarios, que es cosa distinta, porque los primeros emplean generalmente procedimientos innobles y rastreros en sus enfrentamientos. No me gustaría encontrarme en la piel del señor Zerolo, acusado, casi perpetuamente, por imputaciones judiciales en el "caso Las Teresitas", mientras ese casi único litoral de baños de la ciudad permanece prácticamente inutilizable cuando ya pisamos el verano. Lo del otro lugar para gozar de la misma actividad de ocio, que es el Parque Marítimo César Manrique, parece algo realmente incomprensible y legalmente deplorable. De forma que un supuesto concesionario que sostiene una trifulca legal, la cual se estima como fácilmente solucionable, mantiene cerrado, a cal y canto, desde hace varios meses, el recinto. Y, por lo que se ve, continuará todo el verano en la misma situación. Esto se permite sin tener en cuenta el perjuicio que supone para miles de personas que no pueden utilizar las magníficas instalaciones. Desde hace tiempo, el concesionario ha organizado, en esas instalaciones, fiestas y cuchipandas prohibidas en el contrato y no se le ha retirado la concesión. Aquí lo inexplicable es lo que el pueblo entiende como un abandono a su suerte del Parque Marítimo, en el que ninguna entidad manda, incluidas la corporación municipal y la Autoridad Portuaria, mientras el Cabildo pide la subrogación del Parque.
Para agravar la cosa, bandas de gamberros cometen destrozos vandálicos en cuatro marquesinas de las líneas de Titsa y calles como las de Santiago Cuadrado, hoy de El Olvido, -u otra de las cursiladas por las que cambiaron el nombre de vías urbanas de "signo franquista"-, así como la de J.R. Hamilton, también utilizada por los conductores de coches como las pistas de Indianápolis, con la diferencia de que sus vehículos no son de Fórmula Uno. Como para pedir destino a Sangri La, aquella tranquila ciudad tibetana donde filmaron la película de los monasterios de los lamas.
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