ME HA SORPRENDIDO, por su gráfico dramatismo, una reflexión de Eladia Canino poco después de que la Policía encontrase el cuerpo de su hermana Isabel en la fatídica casa del Camino de la Hornera: "sabía que estaba ahí porque yo guardo las muñecas rotas de cuando era niña, y para él mi hermana era una muñeca que no quería soltar". Y acertó. Indudablemente Isabel Canino había llegado a ser una muñeca rota en manos de un individuo cuyo nombre me niego a escribir. Sé, y así lo he defendido públicamente, que cualquier persona es inocente hasta que una sentencia judicial firme dictamine su culpabilidad. Pero a pesar de esa convicción, he sentido una insuperable repugnancia al ver en los periódicos la foto del presunto asesino. Qué asco me dan los individuos incapaces de permitir que otras personas, sean hombres o mujeres, hagan con su vida lo que libremente deseen. Actitudes, porque ahí está la madre del cordero, que a veces acaban en sucesos dramáticos y suscitan una enorme alarma social, pero que otras permanecen en el anonimato al amparo de unas consecuencias, afortunadamente, no tan graves. No me refiero sólo a casos como los de Isabel Canino -que antes se englobaban bajo el epígrafe más novelesco y menos deleznable de crímenes pasionales-, sino a otros aparentemente más inocuos; casos que van desde el jefe que impide la marcha de cualquier empleado, aunque les paga mal y los humilla, hasta los padres que se niegan a soltar a sus hijos cuando éstos realmente quieren independizarse. Situaciones, lo subrayo para que nadie me interprete mal, a mucha distancia del homicidio o asesinato -espero que la investigación aclare lo que ocurrió realmente- de Isabel Canino en lo que respecta a su final, pero muy cercanas en un origen que siempre es el mismo: ese deseo innato de someter a sus semejantes que padecen los seres humanos. La moralidad -o tal vez la atrocidad moral- de cada cual pone los límites de las actuaciones en cada circunstancia.
Isabel Canino ha sido una mujer rota mental y físicamente por un criminal que debería pudrirse en la cárcel el resto de sus días como lo hizo su víctima en un pozo negro. A otras mujeres, y también a otros hombres, les quiebran la existencia sin necesidad de una puñalada en el pecho o una soga en el cuello. Porque, y de nuevo salvando las distancias, no menos dramático está siendo el final de la gloria -llamémoslo así- de Susan Boyle; una infeliz escocesa, obesa, fea y anónima, que saltó a la fama mundial tras aparecer en el programa "Britain's Got Talent". Un engendro televisivo que no descubre posibilidades individuales, sino que busca máximas audiencias aun a costa de romper ilusiones personales. Susan ha sido famosa durante algunas semanas. Dicen que su vídeo lo han visto sesenta millones de personas en esa fosa séptica de Internet llamada You Tube. Al final, y esta vez en contra de lo esperado, no ganó el concurso. Una tragedia en ningún caso mayor que haber terminado, como le ha ocurrido, ingresada en un hospital psiquiátrico. Tragedia en el aspecto personal; como espectáculo, un perfecto final mediático para una sociedad esencialmente carroñera de despojos, aunque sean despojos humanos.
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