1.- A las dos y media de la madrugada, la contemplación de Santa Cruz desde su zona alta provoca paz. El único signo de vida es la antorcha de la refinería. El silencio es tal que se escuchan claramente los grillos, que ya intuyen el verano. Se apagan los neones de los edificios, cesa el tráfico, no se ve gente en la calle, callan las toses de los viejos y los ronquidos se refugian entre persianas cerradas. La ciudad duerme, duerme en calma, como si no fuera a haber día siguiente. Los policías se trasponen en sus patrulleros, a la espera del cambio de turno. Ya no existen los borrachos. Los barcos no tocan sirenas, el mar se ve calmo desde aquella altura. Unas pocas luces iluminan lo indispensable para que el chicharrero se sienta seguro en su posada atlántica, tan desigual en su orografía, tan caída hacia el mar al que muchísimas veces dio la espalda. Están los barrenderos preparando sus hojas de palmeras para limpiar las calles de Santa Cruz.
2.- Pienso: es curioso, cuántas ciudades en el mundo darían la vida por tener actuando en ellas a Herzog-De Meuron , a Perrault , a Calatrava . Y aquí, sin embargo, los ecologistas, que son los que nos van a dejar sin planeta -no tengo la menor duda de lo que digo-, rechazan proyectos tan, tan bellos como el de Las Teresitas o como la conexión Puerto-Ciudad. Hace falta ser brutos. Desde luego, la historia les va a pasar factura, inexorablemente. Los del no a todo, los irresponsables, nos dejarán al final sin islas. Por Dios, que no crean que los veo a todos por igual. Hay ecologistas de verdad, pero abundan los de mentira, los de pacotilla, los de la mochila azul llena de demagogia.
3.- No corre aire. Por lo tanto, las palmeras de los barrios altos están quietas, suspirando en Las Mimosas. Los mirlos y los loros escapados del parque portuense duermen sus sueños más profundos. Dentro de unas horas, cuando amanezcan, saldrán de sus nidos a cantar. La zona alta de Santa Cruz tiene mucho de campo. Sus barrios residenciales tienen mucho de ciudad elegante; quizá de barrio diplomático de Montevideo o del Palermo bonaerense. Santa Cruz de noche, capital tranquila y confiada que enfila a ese mar de sorpresas. Las estrellas no se quieren perder el espectáculo y han corrido la cortina de las nubes. Herzog-De Meuron y Perrault aguardan a que se levante la veda de los despropósitos para meter el lápiz y crear belleza. Qué torpes somos haciéndolos esperar.
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