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DESDE DENTRO RICARDO PEYTAVÍ

Divorciémonos de una vez

15/may/09 07:30
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No me he puesto a comparar la parte de la legislación española que afecta al divorcio con otras que existen en el mundo. Tengo la sensación, sin embargo, de que pocos países nos ganan en cuanto a facilidades para poner fin a la unión de una pareja formalmente constituida. Sobre todo después de la modificación introducida cuando Juan Fernando López Aguilar era ministro de Justicia. En realidad, vivimos en un país con muchas facilidades para casi todo. Es decir, con muchos libertinajes, que no libertades. Libertad auténtica tenemos muy poca. Por ejemplo, a la hora de opinar. Con frecuencia uno tiene que medir el alcance de lo que dice o escribe mucho más que durante el franquismo. Aunque tampoco hace falta que nos pongamos tremendistas. En las farmacias ya no se puede comprar un antibiótico para una infección de garganta, pero sí la píldora del día después. Una cosa por la otra.

Libertades pequeñas o grandes que, en cualquier caso, deberían llevarnos a una pregunta concreta: ¿por qué seguimos unidos como país si realmente hay tantas cosas que nos separan? La misma pregunta, volviendo al principio de estas líneas, que se formula una pareja poco antes de acudir al juzgado para poner fin a su convivencia. Insisto: ¿tiene sentido que sigamos todos con el mismo pasaporte, cuando al comienzo de un partido de la Copa del Rey las aficiones de ambos equipos olvidan momentáneamente su rivalidad para boicotear conjuntamente, con una enorme pitada, la interpretación del himno nacional español? Hasta RTVE, que retransmitía en directo el acontecimiento deportivo, prefirió omitir la bronca. Una decisión que le ha costado el puesto al director de deportes de la cadena pública.

Si no quieren ser españoles, ¿por qué juegan la copa del Rey?, se preguntaban ayer varios comentaristas radiofónicos. Pues porque la mayoría de los habitantes de este país ni saben lo que son ni, lo que resulta más preocupante, lo que quieren ser. Juan español es antiyanqui radical pero masca chicle, viste vaqueros hasta para ir de boda, ve películas americanas y no considera interesante una canción si no está interpretada en inglés. Juan español es anticlerical por naturaleza -aquí no habla bien de los curas ni Dios-, pero a poco que le pregunte alguien con un micrófono en la mano, resulta que es católico, apostólico y romano desde que nació. Y así con todo.

"Hay que darle la importancia que tiene, ninguna más", ha dicho Iñaki Anasagasti; un señor con cara de cura de seminario al que le da asco España y la democracia española, pero que no siente retortijones por ser senador del Reino de España, acaso porque esa condición le supone cobrar buenos emolumentos. ¿Y cuál es esa importancia, señor Anasagasti?

A mí se me ocurre que la dignidad. Supongo que está implícito entre las obligaciones del Rey asistir con cara de "aquí no pasa nada" a situaciones así. Lo supongo pero no lo sé. Eso sí, no me imagino a Sarkozy, Merkel o Barack Obama en una situación similar. Por bastante menos sigue mal visto Zapatero en Estados Unidos. Divorciémonos de una vez como país o arreglemos esto para siempre, porque así no es sensato seguir.

rpeyt@yahoo.es

 

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