CUALQUIERA de nosotros podemos vivir en algún momento de nuestras vidas una corazonada, supongo. Un suceso que nos marca, nos descontrola y nos lleva a actuar como no lo habríamos hecho en otra situación. Una corazonada, como la que tuvo Silvio frente a una mujer de rojo sobre fondo gris, en aquella canción en la que la cobardía era asunto de los hombres, no de los amantes. Los amores cobardes -decía- no llegan a amores ni a historias, se quedan ahí. A veces es necesario apostar para que las historias pasen, aunque al final se nos queden grandes o pequeñas. Da igual. Quien no arriesga no gana o no está vivo. O ambas cosas a la vez. Quién puede saberlo.
Yo, que no soy hombres de corazonadas, tuve la mía hace poco. En el sitio de mi recreo, como en otra canción, en una de Antonio Vega, cuya muerte anunciada me llena de pena. Supongo que fue suficiente como para apostar, como para descontrolarme y como para actuar como no lo habría hecho nunca. Tanto como para convertirte en el sitio de mi recreo, que diría Vega.
Cuando uno se deja llevar por una corazonada no sabe qué puede ocurrir. Si ganará o saldrá malherido. Pero tiene la firme intención de que todo salga bien. Hoy hace dos semanas de aquello y sé que tu pelo revuelto, tus rizos y tu sonrisa mantienen viva alguna ilusión guardada en algún rincón. Que me haces repetir a Benedetti con sus mil poemas. A Antonio Vega con sus mil canciones. Y al propio Silvio a quien las nuevas generaciones ya no conocen. Para mi sorpresa. Cuando nadie me ve, me envuelvo en mi propia imaginación, haciendo y deshaciendo planes futuros, como la propia Penélope tejía y destejía. Quizá no conozco lo suficiente de la vida, pero sé que no quiero otra corazonada diferente a la tuya. Con ella me basta.
* Jefe de Sección de EL DÍA
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