AYER, MIENTRAS Zapatero pronunciaba un discurso tipo "aquí no pasa nada" y "yo soy el más chachi de todos" -perorata calificada acertadamente por Rosa Díez como una mezcla entre una carta a los Reyes Magos y el cuento de la lechera-, recibí una notificación de un banco en la que se me anuncia un sustancial aumento de las comisiones en determinados servicios. Naturalmente, ni Zapatero, ni ningún político tiene la culpa de esto. En realidad, Zapatero, y Sarkozy, y la señora Merkel y hasta el propio Obama lo único que han hecho con los bancos es darles dinero público para que salgan del agujero en el que ellos mismos se han metido por, cuando menos, una pésima gestión. Perdamos cuidado de que nunca los políticos le regalarán ni un céntimo a quien ejerce el arte de la prudencia y se administra bien. A esos lo que procede es esquilmarlos con impuestos. Con los bancos el juego es otro. No porque a los gobernantes les apetezca darles dinero, la verdad sea dicha, sino porque en caso contrario la banca quebraría y mucha gente, incluidos los propios políticos, perderían sus planes de pensiones. Por ejemplo. No pretendo clamar por un mundo justo y decir que lo único que se merece la banca es que la nacionalicen, y lo único digno que pueden hacer los banqueros es marcharse voluntariamente al paro y vivir bien de lo que han ganado. Nada más lejos de mi intención invocar, aquí y ahora, una justicia humana o divina. Esencialmente porque en un mundo justo no habrían pájaros. Los pájaros se alimentan de gusanos, lo cual, se mire como se mire, es bastante injusto para los gusanos. El mundo es como es; qué le vamos a hacer.
Más dramática que la carta del banco fue la llamada de un colega cuando ya el hombre del talante, las cejas circunflejas y el buen rollito estaba a punto de terminar la versión 2009 de su cuento de la lechera. Digo su versión porque, y en eso no me queda más remedio que coincidir con el PNV, Zapatero ha agotado su credibilidad. Aunque está satisfecho de sí mismo, según ha manifestado Ana Oramas. "López Aguilar está arruinando a Canarias y Zapatero al resto de España", me afirma el colega enfadado. Hombre, Juan López no gobierna en este Archipiélago, le objeto. "Se puede destruir un territorio sin gobernar en él", añade. Ciertamente, sí.
En cualquier caso, se equivoca Josu Erkoreka, portavoz del PNV, cuando dice que el presidente del Gobierno tiene su credibilidad en números rojos. El 40,8 por ciento de la ciudadanía sigue dando crédito a lo que dice. Lo acaba de reflejar el sondeo del CIS correspondiente al mes de abril. ¿Satisfecho de sí mismo como apunta Oramas? ¿Y por qué no? A medida que uno se hace viejo pierde la capacidad de asombro. Nunca dejará de sorprenderme, empero, la facilidad de algunas personas para lograr que casi todos confíen en ellas, al igual que la incapacidad de otros para transmitir confianza, independientemente de que unos expongan verdades matemáticas y el otro cuente cuentos de marcianos. Sobra decir que Zapatero está en el primer grupo. Además, si el país va mal, ¿qué importa? Lo esencial es que el PP, o cualquier partido distinto al PSOE, no huela el poder ni por el forro. Una intención nada difícil de materializar con un país en gran parte subsidiado, y con visos de estarlo aún más. Pero no quiero ser pesimista, que luego me tachan de antipatriota.
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