¿Qué nos pasa? ¿Qué le pasa a nuestro pueblo? ¿Qué ocurre con las organizaciones empresariales y sindicales, con las sociedades, con la gente de la calle? A nuestra sociedad le ha afectado un retrovirus del sueño, del conformismo, de la modorra y la ha sumido en un sueño de la que parece no despertar.
En otro lugar del mundo, con la mitad de lo que está pasando en Tenerife, las calles serían un hervidero de indignación. Tenemos una isla paralizada, detenida en el tiempo, enemiga de cualquier gran obra que suponga desarrollo y progreso. En Gran Canaria está construido el puerto industrial. El de Granadilla, en Tenerife, duerme el sueño de la justicia esperando que los tribunales y las apelaciones decidan en nombre de los ciudadanos, de los Parlamentos y los Cabildos, si se hace o no se hace. En Santa Cruz, la única gran playa del municipio sigue congelada en el tiempo y el gran proyecto de Dominique Perrault arrinconado para el recuerdo; una playa sin infraestructuras, destrozada, desolada. Y no pasa nada.
Mucha gente me acusa de que no hablo de Las Teresitas. Yo les explico que debo de ser uno de los pocos ilusos que en este país aún cree en el funcionamiento de la Justicia. Pero debo confesar que esa fe está sometida diariamente a innumerables pruebas. La fe se agrieta cuando uno comprueba que ciertos medios de comunicación anuncian, eficiente y rigurosamente, los pasos que van dando las investigaciones policiales, fiscales o judiciales. La fe se resquebraja cuando a uno le preguntan en instancias judiciales por las mismas cuestiones que se han venido publicando en esos medios, como si los medios no se alimentasen de información en los tribunales, sino a la inversa. La fe corre peligro de desmoronarse cuando uno lleva ya cinco años sometido a investigaciones y casi tres en un proceso judicial que parece no tener fin y que, al estar declarado bajo secreto del sumario, te deja en la más profunda indefensión procesal y mediática. Todos pueden hablar aunque sea secreto del sumario, menos tú. En esos medios se opina, se acusa, se filtran declaraciones judiciales y afirmaciones, se revelan espectaculares nuevas líneas de investigación?, pero uno, que está obligado por el secreto del sumario, tiene que seguir callado. No es fácil seguir confiando en la Justicia, pero un país donde esa confianza se pierda sería un país terrible y yo quiero creer que vivo en otro muy diferente.
Creo que Santa Cruz ha perdido un proyecto que se puede calificar de histórico. Ni hablo, ni quiero hablar, de la compra del frente de playa que hoy está en los tribunales. Ya veremos algún día -algún día- cuál será la decisión de los tribunales de Justicia. Lo que resulta indignante, inaceptable y bochornoso es que esa playa siga en su actual situación de deterioro sin que nadie entienda que, con independencia de los enfrentamientos políticos y de administraciones, los que están sufriendo las consecuencias son los ciudadanos. Si la playa va a ser pública, que es lo que quiere el Ayuntamiento de Santa Cruz de Tenerife y ha querido siempre, si eso es lo que también quieren en la Administración del Estado -con independencia de lo que en su día se resuelva por los tribunales y sabiendo que, en cualquier caso, es una playa del pueblo de Santa Cruz-, ¿por qué no se produce un gran acuerdo para realizar allí un proyecto como se merece esta cocapital de Canarias?
Pues porque no pasa nada
Porque la gente sigue yendo resignadamente a una playa que no está a la altura de lo que ellos y este municipio se merecen. Porque la gente está afectada del mismo síndrome que en otras instancias mantiene a todo el mundo en silencio en torno al puerto de Granadilla, o la ampliación del aeropuerto Sur o el remate del anillo insular.
Hay sólo unos pocos que hablan. Pero esos pocos que acusan, insultan, amenazan con denuncias judiciales o convocan manifestaciones están llegando con mayor fuerza a los ciudadanos. El entusiasmo de los grupos antisistema (que en toda Canarias tienen su mayor y mejor estructura en Tenerife) es capaz de movilizar cada vez a más gente convencida de que tienen toda la razón. Porque no escuchan ninguna otra razón. Queremos encender la luz y que funcionen los electrodomésticos, queremos un coche para nuestros hijos y buenas carreteras, queremos aeropuertos modernos y medios de transporte públicos adecuados, queremos ver la televisión y usar el ascensor, queremos irnos al Sur para disfrutar de las zonas turísticas, pero vamos de cabeza hacia una sociedad fosilizada en el tiempo que, a medio plazo, carecerá de recursos suficientes y de infraestructuras modernas.
Es obvio, por ejemplo, que la refinería de Santa Cruz es incompatible con la ciudad. Para el Ayuntamiento de Santa Cruz sería enormemente fácil poner sobre la mesa numerosos argumentos -desde la salud a la seguridad- que piden un cese inmediato de la industria. Pero somos conscientes de que es una industria importante para esta Isla y que crea puestos de trabajo en el municipio. Por eso manejamos con tanto respeto los tiempos e intentamos entendernos con una industria que tanto ha aportado también a la ciudad.
En cualquier caso, frente a unos y otros no hay que distanciarse sin remedio, no hay que romper puentes, sino levantarlos, porque de lo que se trata es de establecer el diálogo como arma para el entendimiento. Si nos sometemos a la dictadura de las ideologías extremas o a los discursos excluyentes, no sólo no resolveremos los problemas, sino que los llevaremos al paroxismo, al delirio y al descalabro social como consecuencia final.
Es verdad que debemos buscar un equilibrio entre desarrollo y vida. Es cierto que tenemos la obligación de apostar por un crecimiento sostenible, una cultura que vamos aprendiendo poco a poco, paso a paso. Pero, en mitad de esta crisis profunda que nos va carcomiendo lentamente a tantas y tantas familias condenadas al paro, me siento cada vez más atónito al comprobar cómo desde el urbanismo a las grandes infraestructuras terminan siendo decisiones que se toman en un juzgado. Los tribunales están gobernando nuestras vidas porque los políticos, las administraciones y una pléyade cada vez mayor de profesionales de la denuncia están llevando a esas instancias las decisiones y actuaciones que, en otros tiempos, adoptaban aquellos a quienes los ciudadanos elegían, durante cuatro años, para gobernarles.
No me callo porque quiera, sino porque debo. Algún día, supongo, podré hablar. Y ese día podré decir tantas y tantas cosas que hoy, porque respeto la Justicia y sus decisiones, pertenecen -para mí sí- al secreto del sumario. Callo, pero no otorgo. Que quede claro.
* Alcalde de Santa Cruz de Tenerife y diputado en el Parlamento
de Canarias
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