DESDE que inicié mi tesis doctoral sobre la historia volcánica de la isla de Tenerife, allá por 1969, han pasado 40 años que he dedicado al estudio del volcanismo, especialmente el de las islas oceánicas y principalmente el de las Islas Canarias. Hasta hace unos años jamás se había dado la situación de alarma reiterada, por no decir sostenida, de catástrofes geológicas de todo tipo, enfocadas principalmente en las islas de La Palma y Tenerife. Las cosas no suelen ocurrir porque sí, sino que generalmente tienen, como en este caso, una explicación bien sencilla. Voy a intentar darla en un lenguaje lo más simple posible, al tiempo que propongo una solución para que estas crisis mediáticas, que en nada favorecen la tranquilidad de la población y sus intereses económicos, terminen definitivamente.
Empiezo por decir que la discrepancia es fundamental en el avance científico. Como expresó claramente Thomas Kuhn en su "Estructura de las revoluciones científicas", es el hecho de que los científicos vean la misma cosa de diversas maneras y se esfuercen por demostrar sus diversos puntos de vista lo que permite un progresivo acercamiento a la realidad científica. Con pensamiento único no hay avance científico posible. Hay discrepancia en política, economía, en la interpretación de hechos históricos? y por supuesto en la geología de las Islas Canarias. Lo que ocurre es que los debates, a veces encendidos, sobre el origen del Archipiélago, los procesos causantes de su variedad geoquímica o si Tenerife se formó a partir de una o varias islas iniciales, etc., no traspasan los medios científicos o académicos. No ocurre así con los peligros geológicos, principalmente erupciones, terremotos y deslizamientos masivos. Estos temas se dirimen frecuentemente en los medios de comunicación, participando en el debate personas que no están en absoluto cualificadas para ello (tertulianos, ecologistas, matemáticos, químicos, físicos? raramente geólogos).
Sin embargo, y por entrar en materia, lo que viene ocurriendo desde hace años es mucho más peligroso y su razón última es puramente política: un pulso que el Cabildo de Tenerife, y concretamente su presidente, Ricardo Melchior, le está echando al Gobierno español por el control del volcanismo como producto políticamente rentable, a través de la creación de un "indispensable e inaplazable" Instituto Volcanológico (¿inaplazable con la que está cayendo?). Es algo parecido a lo de la Policía Canaria, con la diferencia de que el Instituto de Melchior pretende asumir todas las competencias en el estudio y vigilancia del volcanismo y la sismicidad en el Archipiélago. Todo el ruido mediático, que culminó en la famosa crisis de 2004, es simplemente un modo de crear y mantener viva la demanda de ese Instituto Volcanológico, que se vende como un talismán que acabaría con las "alarmas", pero que en verdad ha sido y es el verdadero origen de todas ellas.
El Consejo Superior de Investigaciones Científicas (CSIC) y el Instituto Geográfico Nacional (IGN) han jugado un papel fundamental en el estudio y vigilancia del volcanismo y la sismicidad de las Canarias. Estas instituciones formaron parte de un comité científico de evaluación y seguimiento de fenómenos volcánicos, creado en 1996 a partir de la directriz básica de planificación de Protección Civil. Este comité se reunió anualmente en Canarias, informando a las autoridades civiles ante cualquier suceso aparentemente anómalo, sin que jamás se suscitara la más mínima alarma? hasta que se sustituyó por uno local controlado por el Cabildo de Tenerife en 2004.
Desde junio de 2004, el IGN tiene en exclusiva la competencia legal de la "observación, vigilancia y comunicación de la actividad volcánica y determinación de riesgos asociados" (Real Decreto 1476/2004, de 18 de junio). Desde esta fecha, el IGN inicia una nueva área de trabajo, la Vigilancia y Alerta Volcánica, ampliando las labores de los diferentes Servicios de Red Sísmica, así como del Centro Geofísico de Canarias, ubicado en Tenerife. A este fin, el Gobierno español ha aportado cuantiosos recursos, humanos e instrumentales (el personal científico y técnico de este centro alcanza los 25 efectivos).
¿A qué viene, pues, la necesidad inaplazable de crear otro centro, máxime cuando el Instituto de Ricardo Melchior es rechazado por estas instituciones y ambas universidades canarias? Si hay un Centro Geofísico de Canarias en Tenerife que tiene la responsabilidad y los medios para atender a la observación, vigilancia y comunicación de la actividad volcánica y determinación de riesgos asociados, ¿para qué crear otro centro con los mismos objetivos? ¿Otra "guanchancha"? ¿Es que sobra el dinero en estas islas? En todo caso, si Ricardo Melchior cree que el Centro Geofísico de Canarias no está a la altura, que le exija un mayor esfuerzo.
Respecto a la investigación del volcanismo, la pretensión de Ricardo Melchior es decimonónica. La investigación científica está hoy tan globalizada que en el estudio de la geología de Canarias están implicados geocientíficos de todo el mundo, que, lógicamente, publican sus trabajos. En Canarias existen grupos de investigación del volcanismo en las universidades y el CSIC, cuyos investigadores han accedido a sus puestos a través de la oferta de empleo público y de las correspondientes oposiciones. El empeño de Ricardo Melchior de formar en el ITER (una institución tecnológica pensada para el aprovechamiento e investigación de las energías renovables) un grupo de investigadores del volcanismo es un costosísimo (mucho), innecesario y redundante método, que choca además con el principio básico de igualdad de oportunidades que exige a los profesores e investigadores acceder a sus puestos por oposición y no por amiguismo. Si son los mejores volcanólogos del mundo mundial, no les costará mucho obtener un puesto por oposición, como hemos hecho todos.
Termino con las sencillas propuestas prometidas para terminar definitivamente con estas alarmas que ciertamente a nadie (salvo a unos pocos) favorecen.
1. Que los investigadores del ITER opositen a una plaza, como todos los profesores e investigadores. Se acabaría así con la mayor parte del ruido mediático.
2. Que Ricardo Melchior reconsidere la necesidad de aprovechar cualquier nimia noticia (como una simple charla de una investigadora en un instituto de enseñanza media en un pueblo de la provincia de Cáceres) para arrastrar la brasa a su sardina: el intento obsesivo por duplicar una institución ya existente desde hace más de 40 años, el Centro Geofísico de Canarias en Tenerife, que ya tiene la responsabilidad, la experiencia y los medios para atender a la observación, vigilancia y comunicación de la actividad volcánica y determinación de riesgos asociados.
3. Y tal vez la más importante: que el Centro Geofísico de Canarias en Tenerife baje de su torre de marfil y atienda adecuadamente su responsabilidad legal de comunicación de la actividad volcánica, y más cuando, sin haberla, existe alarma social. No se pueden limitar a colgar sin más explicaciones en una página de Internet los terremotos registrados, de magnitudes ridículamente bajas, muchos producidos por la actividad humana y sin relevancia, como precursores de la actividad eruptiva. Si ante alarmas como las de 2004, o éstas que alcanzan a los medios internacionales, se dignaran sacar un corto comunicado explicando el significado de la actividad, si la hubiera, que sólo ellos podrían registrar, o negándola, si fuera el caso, cortarían las interpretaciones que de sus propios datos hacen personas sin la debida cualificación y con intereses espurios. Esa dejación, ese silencio, impensable en otras instituciones, crea un vacío que, ante la más mínima alusión a una posible catástrofe geológica, hace que los medios busquen información donde sea, con resultados frecuentemente desastrosos. Si sumamos a esto la pretensión de algunos de conseguir un puesto obviando el penoso trámite de una oposición y el obsesivo empeño de Ricardo Melchior de atizar el fuego del Instituto Volcanológico, tenemos las razones últimas de este infundado, injusto, dañino y científicamente inexistente "Terrorife".
* Profesor de Investigación del Consejo Superior de
Investigaciones Científicas
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