SIEMPRE me ha llamado la atención el sendero que cada uno de nosotros toma para definir la profesión y el pasatiempo. Normalmente suele ser la primera la que nos facilita el sustento, la que nos mantiene ocupados la mayor parte de las horas del día, aquella que posibilita nuestra relación con los demás, pero el pasatiempo -definido como "actividad que se practica habitualmente por mero entretenimiento en los ratos de ocio"- es el que nos ofrece a menudo las más notables satisfacciones. El cirujano que demuestra sus conocimientos del cuerpo humano varias veces al día erradicando las consecuencias de una enfermedad; el abogado que con su brillante oratoria convence al jurado de la inocencia de su defendido; el piloto que con su pericia logra evitar los peligros de una inesperada turbulencia; el mecánico que tornea una pieza que luego encaja a la perfección en una máquina, etc.; todos terminan su trabajo con una imperceptible sonrisa de satisfacción en sus labios, mas ésta no se puede comparar con la que se refleja en su rostro -ahora sin recato de ninguna clase- cuando ya en su hogar, alejado del estrés que su profesión u oficio le produce, pergeña un artículo que publicará posteriormente en un periódico local, o elabora un tapiz, o pinta un cuadro, o pule y abrillanta las piezas mecánicas de un coche antiguo, etc. En estos momentos, la tensión que su trabajo habitual suele producirle le abandona, lo sumerge en un plácido mar de placer y le da ánimo, lo prepara, para poder emprender al día siguiente las tareas que su profesión le exige.
Pero no es lo mismo tener pasatiempos que se practican solitariamente que los que precisan la colaboración de otras personas, como pueden ser la mayor parte de los deportes. Jugar al fútbol, baloncesto, voleibol o tenis, por ejemplo, pero yo destacaría entre ellos el motociclismo por las razones que voy a indicar. Antes que nada, he de aclarar que no me refiero a quienes poseen motos y las utilizan para desarrollar su actividad laboral -los conocemos por motoristas-, sino a los moteros. Es ésta una palabra que no figura todavía en el DRAE, si bien todos la empleamos con frecuencia y sabemos su significado: individuo que utiliza su motocicleta para realizar excursiones dominicales junto a otros compañeros. Y es en este punto donde quería incidir al escribir este artículo, pues me resulta admirable y digna de elogio su actitud cuando se reúnen. Su espontánea camaradería, la imagen que ofrecen cuando se desplazan a baja velocidad por las carreteras de Tenerife, el buen humor que se respira entre ellos cuando se detienen en algún lugar para cambiar impresiones, su generosidad al ayudar a los compañeros que tienen dificultades durante el recorrido, etc., me hacen pensar que no es tan mala la juventud como nos la pintan los catastrofistas. Los moteros suelen ser personas jóvenes, muchos de ellos mileuristas que se convierten en dosmileuristas cuando van con su pareja, que llegados los festivos podrían dedicarse a cualquiera de las tareas lúdicas que la isla ofrece, pero que, sin embargo, optan por reunirse, con el exclusivo propósito de gozar de la naturaleza, con otros moteros que no tardarán en ser sus amigos.
Los ve uno pasar por las carreteras normalmente bien pertrechados, con ropajes negros muchas veces de cuero, con la particularidad de que las chaquetas suelen estar reforzadas en los codos y los hombros para protegerlos de las caídas. Esto les da a veces un aspecto impresionante, como de personajes galácticos, que, sin embargo, queda atenuado y humanizado gracias a los flecos que adornan las mangas. En cuanto a las motos -suelen llamarlas "mi montura"- es un espectáculo verlas. Los cromados brillan aun sin darles el sol, las gomas que protegen el manillar o el reposapiés parecen no haber sido pisadas nunca, el color de la estructura se asemeja al que ofreció al salir de la cadena de montaje, el dibujo de los neumáticos sin duda alguna tiene los milímetros que la legislación establece... En fin, que estos grupos singulares que recorren nuestras carreteras los domingos y festivos son un ejemplo a seguir si se habla de conciencia ciudadana... excepto en una cosa.
Al ver la formación que adoptan las aves en el cielo -hace algún tiempo leí la razón que según parece las obliga a volar de ese modo, pero lamento haberla olvidado- uno debe suponer que existe un líder entre ellas. Un líder quizá no elegido con anterioridad por el resto de la bandada, pero que en el momento de levantar el vuelo queda colocado en la punta de la flecha que será la figura adoptada y las demás lo siguen. Creo que con lo dicho, mis lectores "moteros" sabrán ya a qué me refiero: tienen que ser considerados con los demás, es decir, los que utilizan el coche para desplazarse. Deben pensar que la carretera no es de ellos, por lo que no parece lógico que al llegar a un cruce con otra carretera pretendan pasar todos juntos. Valga como ejemplo lo que me sucedió el pasado domingo. En el puente que accede a La Matanza desde la autopista me encontré con un grupo de moteros. A la natural alegría que me produjo verlos sucedió una especie de indignación, porque estuve esperando que pasaran más de un cuarto de hora. Sería pues conveniente que cuando se reúnan, como las aves, elijan a unos que encabecen los grupos, y que estos respeten el derecho de paso de los demás cuando lleguen a encrucijadas o cruces donde el tráfico sea intenso. Será la manera de que muchos, al verlos, dejen de emplear un tono despectivo al decir "moteros".
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