El aborto y sus secuelas
En el año 2007, la actriz británica Emma Beck, de 30 años, abortó. Se ahorcó, aliviándose al dejar a sus parientes una patética carta: "La vida es un infierno para mí, yo nunca debería haber abortado, habría sido una buena madre. Quiero estar con mi bebé, necesita de mí, más que nadie".
El catedrático de Medicina Interna, Manuel Pérez Miranda, ha afirmado que el 70% de las mujeres que abortan padecen el síndrome post aborto, que afecta a gran parte de la población femenina española. Sufren depresión, ansiedad y trastornos de pánico. Llegan al maltrato infantil y tienen el riesgo de morir por suicidio. También afirma el profesor Pérez Miranda que el 90% de las jóvenes que abortan suelen tener, además, secuelas como desinterés, frigidez, anorexia y bulimia, disfunciones sexuales e incapacidad de concentración.
En nuestro país son más de 800.000 las jóvenes que han abortado desde que se despenalizó el aborto en 1985, y casi todas ellas están penando lo que se denomina como "Síndrome Post-aborto". Así lo prueba la institución abortista más significativa del universo, la Federación Internacional de Planificación Familiar.
Por otra parte, el Gobierno de Finlandia desveló tener siete veces más suicidios entre jóvenes que habían abortado, de acuerdo con un informe de 1997, sobre una muestra entre 9.129 mujeres, un estudio estremecedor y trágico. A las conjeturas del mundo, no les pasa nada, aparentemente, a las jóvenes que abortan porque es legal, sin embargo se vuelven dementes; el 64% de ellas ingresan en sanatorios psiquiátricos después del aborto, según una investigación de la Universidad de Baltimore, USA, y el 59% sufren trastornos psiquiátricos graves y permanentes, tras el aborto", según la Real Academia de Obstetricia de Inglaterra.
Las mujeres que abortan, miran con indiferencia la muerte de sus propios hijos. Vivimos en una cultura de la muerte, que nos rodea con un egoísmo feroz y ningún respeto por la vida humana de un ser nonato, inocente e indefenso.
Relato un testimonio dramático, provocado por un aborto inducido.
"Tengo 31 años y hace uno que asesiné a mi hijo en un chiringuito abortista. Mi historia es dolorosa. Después de abortar sentí que aquello era mi muerte, estando viva. Perdí quince kilos, empecé a beber, consumir drogas y todos los días lloraba por la muerte de mi hijo. Ahora tomo antidepresivos y estoy acudiendo a unas sesiones de atención psicológica de una ONG. Si no fuera por su ayuda me habría quitado la vida, que se acabó el día que maté a mi hijo. El aborto me destrozó la vida".
Clemente Ferrer Roselló
Días de Romería
Los domingos de abril no son distintos a los domingos de marzo, ni a los de cualquier otro mes del año. Suenan a Carrusel Deportivo y sus puritos, a olores de adobo en casa de abuela, a resacas de ron y quizás, con suerte, a algo de carmín.
Suenan a misas, inciensos, a café y periódico. A charcos en la Furnia de La Punta, un mantecado, si hace sol, y a gente muy bronceada haciendo ejercicio, diciendo adiós. Pero cuando llega el último fin de semana de abril, todo se transforma, huele a Romería de Tegueste.
En cada rincón de las Islas, más allá del mar, se recuerda cómo el vino se derramará por las camisas, la carne quemará en las manos, al sol, con sombrero de mago. Se siente así uno canario. Estudiantes, borrachines, familias reunidas, niños sonrientes se entremezclarán con gofio y parranda. El folclore te contoneará, las enaguas te marearán, seremos todos amigos.
Ahora duele el pie izquierdo, un corte en el lago de Avigliana, al pie de Los Alpes, una manía que hace perseguir el agua. Duele. Duele el ojo izquierdo morado, un golpe de mala suerte con el portero de turno, del último garito, del último rincón de Torino. La garganta no ayuda, recuerdo los consejos de Paco Chicharro de no dormir con el culo al aire, pero quién no tapa a una mujer. Suena el teléfono, a las dos de la mañana. Los carreteros con sus carretas. Pegando granos. Tradición sin reconocimientos, carácter teguestero. Te convencen y comienza todo a girar. Vito me susurra en italiano, "Fino alle fine". No es acaso la vida, en sí, una Romería.
Dos horas de guagua a Milano, otras dos de avión. Saludar a Madrid. Tres horas, Aeropuerto del Sur. De noche, casi seguro con ese bochorno de Las Galletas, retomaré las maletas. Cojo, un poco molido, lejos de casa y con la única pretensión de llegar a tiempo, para rezar a San Marcos, agarrar el brazo de mi madre y sentir así nuestra tierra latiendo por lo que somos, lo que nos han enseñado. Señores, pero a qué esperan. ¡Viva San Marcos! ¡Viva!
M.S.
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