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Indolencia colectiva

27/abr/09 07:27
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Insultar hoy en día no está mal visto. La programación de la televisión lo demuestra hasta la náusea; la actitud de algunos representantes políticos, también. Sin quererlo asistimos inermes a espectáculos zafios, que van calando en el subconsciente colectivo y, pese a la repulsa espontánea que producen en un primer momento, acabamos aceptándolos como comportamiento tolerable, como un signo inequívoco de lo que se ha dado en llamar una sociedad avanzada. Ya el insulto no merece reproche social; es más, se celebra como si fuese un rasgo de ingenio, convirtiéndose en objeto de elogio, de reconocimiento, en un ejercicio de reivindicación de la mal llamada libertad individual. Es urgente cambiar de actitud y acabar con la indolencia, tanto la individual como la colectiva.

Todos estarán de acuerdo conmigo en que la convivencia pacífica es un continuo ejercicio de contención por parte de los individuos. De auto-represión de los instintos más primarios para no agredir a los demás. Y es que así debe ser. Defecar es un hábito sano, higiénico e indispensable para completar el círculo alimenticio, pero ha de hacerse en la intimidad más estricta, eso si no llega el día en que evacuar los intestinos donde a cada quien le venga en gana sea la normalidad. Es una necesidad primaria, común, pero todos sabemos que no podemos materializarla en cualquier lugar, aunque con ello creamos que se nos coarta nuestra libertad, que nos resta sinceridad y autenticidad y que nos torna hipócritas, pues que yo sepa no hay ninguna ley que prohíba ese alivio fisiológico en público. Es una tarea que simple y llanamente como personas educadas, preocupadas por la pituitaria de los demás y por la imagen primitiva que podemos dar, realizamos en privado para contribuir a la buena convivencia entre iguales. Por eso la indiferencia ante la incontinencia verbal y ante la continua deposición de insultos se ha convertido en una lacra social que nos afecta a todos, sin distinción de clases ni de adscripción ideológica, y que además nos envilece.

Ya no se trata tan sólo de un profesor de baile que calificaba de "cagada, media cagada y gran cagada" una actuación. Tampoco de la princesa de barrio apellidada Esteban, que ha hecho de la ordinariez su principal baza televisiva. Ahora hablamos de periodistas que se gritan, se agreden verbalmente y se descalifican entre sí, acusándose de fascistas y radicales con una levedad que sorprende. De algunos políticos que no cuidan la elegancia del verbo y que para hacer valer su ideario recurren a cualquier estratagema, perdiendo toda razón por las formas; de esos columnistas maliciosos que con total impunidad, un día sí y el otro también, agravian y denigran con sus comentarios a media tinta.

Me pregunto ¿qué valor otorga hoy la sociedad a las formas?, y la respuesta, visto el desaliño que se extiende como una marea negra y del que son inspiración y reflejo los medios de comunicación, no puede ser más desalentadora. No aspiro a vivir en una Arcadia feliz en la que reine el bien absoluto y todo sea blanco e inmaculado, entre otras cosas porque ese bien no existe. Se sabe que la gente no debe matar y mata; no debe robar y roba, pero para evitarlo están los mecanismos represores del Estado. Sin embargo tampoco se debe insultar y se insulta, y se hace hasta en los templos de la democracia, en el Parlamento, sin que se haga oír al menos la censura social, la que deplora el improperio porque degrada la convivencia, la única capaz de impedir a los que ofenden con la palabra convertirse en efímeros héroes de pacotilla.

Insisto en que la ausencia de formas empobrece la convivencia, nos obliga a caminar entre piedras de basalto muy afiladas que antes o después acaban hiriéndonos. No deja de sorprender que justo cuando conseguimos el acceso universal a la formación académica, una cota de prosperidad material y de progreso social sin parangón, a lo que se suma la oportunidad de disfrutar de innumerables medios, gratuitos y cercanos, para aprender en todos los ámbitos, nos encontremos con un incremento general de la llamada "mala educación." Y es que ni el mito griego de la Arcadia feliz, ni el de la más beatífica manera de organización de las sociedades en estados, sin competitividad ni conflictos, como en la Utopía de Tomás Moro, existen. Los seres humanos nos encargamos de evitarlo.

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