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EN EL CAMINO DE LA HISTORIA JUAN JESÚS AYALA

Elogio a la memoria

27/abr/09 07:27
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EL RECIENTE premio Cervantes, Joan Marsé, en su discurso en la Universidad de Alcalá de Henares, aparte de imbuirse en otras consideraciones, hizo un canto a la memoria dándole una dimensión íntegramente moral. Haciendo referencia a una frase de José Carlos Meinar, dijo: "La memoria nos construye como seres morales". Si se trata de la dignificación humana y de sentir que estamos en esa tesitura no cabe la menor duda de que es así, debe ser así. Aunque también sabemos que es un hecho mudable y transportable según las exigencias de los tiempos y de cada cual.

Es como si quisiéramos tener introducido en el área 44 del cerebro humano, la de Brocca, que es donde se registra la memoria, lo que nos satisface, lo que nos proyecta como seres humanos y relegando al olvido lo que molesta, lo que nos quita el sueño y dificulta el camino.

La memoria y su construcción es la base del individualismo; no podremos sentirnos como unipersonales si nos alejamos de lo que hemos sido durante toda una vida, si nos alejamos de los recuerdos, si sacamos fuera de nosotros las vivencias pasadas. Si fuera así nos quedaríamos con una estructura delgada y deslustrada, sólo sostenida por la pseudorrealidad del día a día, que, siendo como es fabricada por la fabulación y entontecida por la cultura que hoy se respira por todas partes menos por el libro y la reflexión, sería la hecatombe, el vivir al instante, sostenerse en una piedra que se bambolea al borde del abismo donde tendremos que hacer un escalofriante equilibrio para no caer al vacío.

De la misma manera que Erasmo de Rotterdam hizo un elogio a la locura habrá que hacerlo también a la memoria y situarla en el más alto grado de la consideración del hombre. Un pueblo sin memoria está sepultado en el olvido; un pueblo que no recapacita sobre lo acontecido en un momento determinado de su historia o la persona que huye sin querer saber nada de sí misma van camino de no encontrar nunca el futuro. Aunque con ciertos olvidos, no cabe duda, se contribuye también a fabricar esperanzas y a veces es necesario olvidar para fortalecer relaciones de todo tipo sin eludir, por supuesto, realidades que duelen y molestan.

Memoria e imaginación son palabras que van casi siempre unidas, pero en algún momento habrá que separarlas porque un exceso de realidad también suele resultar encandilante. La realidad lucha con la memoria y en esa batalla debe triunfar el deseo, lo que nos instiga, lo que nos importa. Una realidad que se nos presenta delante con crudeza y que nos atosiga muchas veces, nos detiene. Y en ese momento, en ese parón, la memoria sale a flote y nos sitúa en una nueva dimensión, templándonos el ánimo y nos dice, desde las palabras viejas, desde las palabras escondidas y quietas, que el dinamismo, que la proyección futura se siente ahora impulsada por el recuerdo hecho cuerpo desde una integridad personal sin tapujos ni medias tintas, sino como esta y desde lo que cualquiera debe y sabe custodiar, y guardar. Y desde ahí se desprende y se define, efectivamente, la integridad y dimensión moral de unos y de otros.

 

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