SI el Tenerife consigue jugar a su nivel, tendrá todas las de ganar. Pero en situaciones excepcionales, como las que rodean este partido, cabe prevenir conductas que exceptúen la normalidad. La ola en la que está envuelto este derby es una amenaza también para la estabilidad emocional de los jugadores del Tenerife, porque en ellos, y no en los amarillos, recae la responsabilidad de responder a unas expectativas absolutamente fuera de lo normal.
Los derbys, los clásicos, los partidos diferentes, han ido construyendo la leyenda de que el equipo que llega de víctima suele sorprender. Los antecedentes han demostrado que cuando gana el chico es porque se confía el grande. El Tenerife no es sospechoso de cometer ese error esta tarde; el peligro es otro, que le pueda el ambiente, que se atranque...
Ahora bien, si desconecta de la demanda que recibe desde todos los rincones y consigue jugar con naturalidad, el asunto no tiene color. La medición de los dos equipos nos da un resultado tan desigual que estamos en condiciones de asegurar que nunca hubo un derby liguero con pronóstico tan claro. El Tenerife es mejor en todo, en especial en su capacidad resolutiva, recurrente incluso para ganar los partidos en sus días malos.
Es difícil no ser optimistas.
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