1.- Después de viejo, nuestro pacífico volcán es objeto de controversias científicas. Que los que vivimos bajo un volcán vivimos peligrosamente es un hecho. Pero nuestras montañas de fuego son monstruos pacíficos que jamás nos han dañado desde su nacimiento hasta su muerte. Yo le tengo mucha fe a nuestro mejor científico, el profesor Juan Carlos Carracedo , que ejerce de psicólogo en su tierra y de reconocido experto en el exterior. Por ejemplo, en estos días ha estado en Viena, exponiendo a los colegas la entraña de nuestro gigante generalife. Mientras que algunos se empeñan en anunciar catástrofes irreparables y medidas de evacuación imposibles, Carracedo calma al rebaño insular con atinadas explicaciones de las edades geológicas y de los efectos ciertamente benignos de nuestra cadena de montañas. Además, nuestras altivas protuberancias tienen la galantería de avisar antes de mostrar su catarro de fuego con tarjetas de visitas sísmicas. Ocurrió con el Teneguía, cuyo rabioso entorno marino activó los censores de la Navy colocados en el fondo del océano para detectar los movimientos de los submarinos soviéticos en plena guerra fría. Fue la Navy, pues, quien alertó a España de la proximidad de una erupción.
2.- El Teide y su cadena montañosa anexa son amigos. Tras la erupción del Chinyero se formó en las faldas y en el cráter del volcán un paisaje de tal belleza que a mí me ha dejado extasiado muchas veces. Cada vez que puedo voy a verlo. La última conté con un guía excepcional, una persona que conoce aquellas tierras como la palma de su mano: Lorenzo Dorta García , alcalde que fue de Garachico, ex consejero del Cabildo, estimado amigo, con el que el otro día me comí un esplendoroso cherne con gofio y lechugas en el restaurante de un amigo, Orlando , en ese norte. Orlando, que es restaurador de estómagos y restaurador de mansiones, ultima la decoración de una, espectacular, a ciento cincuenta metros del Drago milenario icodense. Fallaron a la cita dos comensales: mis estimados amigos el escritor Carlos Acosta (que se confiesa viejo, sin serlo) y el profesor y pintor Pascual González Regalado (que se confiesa joven, siéndolo) y que ha sufrido un percance óseo hace poco, del que se recupera).
3.- La comunidad científica anda alterada, pues, por culpa de nuestro Teide gigante, pero yo hace tiempo que no le hago caso sino al profesor Carracedo, que además tiene una casa preciosa (se ve la mano de Pauline , no es por nada), que yo vi las fotos que publicó la revista Fama, que dirige mi amigaMarian R. Jaubert . Y es que los trabajos de Carracedo sobre volcanes son tan precisos que tranquilizan. Me ha dicho en la radio: "El que debe opinar sobre estas cosas es el Instituto Geográfico y no se debe hablar de erupciones cada vez que se acaba una beca, o se solicita una subvención o quieran algunos que se cree un instituto vulcanológico". Por mi parte estoy muy tranquilo, aunque guardo como un tesoro el móvil de Juan Carlos, por si acaso tengo que redactar por el camino mis últimas voluntades.
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