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EDUCACIÓN, FAMILIA Y SENSATEZ FRANCISCO M. GONZÁLEZ *

Vivir para ver, leer para soñar

24/abr/09 07:39
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"Cuando pensé que no quedaban

amigos que conocer, encontré un libro. El mejor anticipo de una persona interesante".

(Carmen I. Montoso)

AYER, JUEVES, 23 de abril se celebró el Día Internacional del Libro. El 23 de abril de 1616 fallecieron tres grandes escritores de la literatura: Miguel de Cervantes, William Shakespeare y el inca Garcilaso de la Vega. Por este motivo se elige este día para rendir homenaje al libro y a sus autores, y se alienta a todos, en particular a los más jóvenes, a descubrir el placer de la lectura.

Dicen que el mundo está lleno de infidelidades, y digo dicen porque no es la impresión que la realidad me ha ofrecido en mi ya larga vida. Aún no soy un titular de periódicos de esos de "doña Candelaria Mesa cumple 180 años y nos aconseja: Lo mejor es dormir, comer chocolate y tener sentido del humor". Si algún día me llega ese fantástico momento de ser una pieza de museo viviente, añadiré a la consabida lista de frases saludables y optimistas: "Y no dejar de leer".

Comencé mi elucubración hablando de infidelidad, y es que me cuentan, en las portadas de periódicos, en las noticias de cierre de informativos, en las conversaciones susurrantes en las guaguas? que Fulano ha sido visto en un bar de copas con una rubia que podría ser su hija, que Mengana dejó a Zutano con los dos niños por su profesor de gimnasia? Y claro, quien porta la cornamenta, como le atormentaría a cualquiera, sufre como si una daga le atravesara el corazón.

¿Hay algún amigo, amante, esposo/a que sufra y que espere melancólico/a a que volvamos borrachos y ajados de realidad y que siempre nos abraza y nos acuesta para tener una conversación cálida y sincera al día siguiente? Si queremos, es un buen libro -no hay ser humano que aguantase, de esa forma tan estoica, la espera-.

Hay quien inició la relación con los libros a través de tebeos, luego con adaptaciones de cómics, más tarde con la versión cinematográfica de un libro? Y un día se acerca a ese fleje de papeles amarillentos cosidos y encuadernados que sólo inicia su conversación si decidimos abrirlo y comenzar a observar en silencio. Y entonces, ¡oh, sorpresa!? Un libro se abre a nuestras ansias. Se cierra, se abre. Es dócil, nos cuenta la misma historia sin cansarse, pero nosotros nunca somos los mismos y siempre tenemos la libertad de reanudar la conversación con este amigo que nunca cambia, que se mantiene como el faro que alumbró nuestros primeros sueños.

El romance literario es intenso pero se acaba cuando la propia vida nos reclama para obligaciones, placeres, ambiciones varias? Nuestro amigo abandonado no desiste, no aparece en los anuncios invadiendo nuestra libertad, ni vocifera en una furgoneta con altavoces que esta tarde a las siete nos espera en la plaza del pueblo. Sigue guardado donde lo hayamos abandonado, en la misma postura que cuando desistimos de sernos fieles. No es como los correos electrónicos preconfigurados para informarnos de si el receptor lo ha recibido, borrado, o enviado a la papelera del ordenador? Nos deja libres, no pide explicaciones. Aguanta con las tapas erguidas a pesar del polvo que las baña. Por eso un libro tiene un valor incalculable.

Algún lector arrepentido creó el día del libro. Es de los pocos momentos donde a estos compañeros engalanados los sacamos a la calle, a las ferias, a las plazas, a los parques; al acceso de todos? Y esto me recuerda -es una lástima- que desde hace meses no veamos las famosas biblioguaguas que permitían a cualquier lector acercarse a la literatura en nuestra capital.

Si aún no ha comenzado esta maravillosa aventura de adentrarse en una lectura por placer, por amor, por despecho, pero no como el lector que se acerca a un periódico para nutrirse de realidad e información, ¡no!? para soñar -los periodistas y columnistas también leen cuando la actualidad se lo permite-, hagámoslo al menos en este homenaje a este amigo de conversación impertérrita y ordenada por páginas, que a veces nos habla rimando, otros en la más cruda prosa e incluso a través de varios personajes. No nos arrepentiremos de esta amistad -los libros quizá sí-, pero cuando los conozcan, si no lo han hecho aún, sabrán que siempre perdonan. ¡Pongamos un libro en nuestras vidas!

* Orientador familiar y profesor emérito del CEOFT

fmgszy@terra.es

 

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