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El don de Rubén

Unas declaraciones del delantero grancanario, en vísperas del clásico de 2004, espolearon al tinerfeñismo "Los dejaremos a ocho puntos y espero que bajen", dijo Pero ganó el CD Tenerife, que salvó la categoría, y Las Palmas entró en barrena y acabó en Segunda División B
23/abr/09 07:36
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JUAN GALARZA, S/C de Tfe.

Mediodía del martes 2 de marzo de 2004. En vísperas del undécimo clásico en terreno tinerfeño, la emisora grancanaria "Onda Real" entrevista a Rubén Castro, delantero de la Unión Deportiva. "Quiero ganar el domingo para hundir un poco más al Tenerife. Yo no me olvido de cuando el Tenerife nos hundió en Primera. Ellos estaban ya sentenciados y en lugar de hacernos un favor, nos hicieron todo lo contrario. Si los podemos hundir, lo haremos. Los dejaremos a ocho puntos, si ganamos, y espero que bajen".

La espontaneidad del futbolista, con una reflexión tan legítima como desacertada, va a encender el derby. Sus declaraciones saltan de inmediato a las ondas tinerfeñas. Los blanquiazules ocupan la vigésima plaza de la tabla, dentro de la zona de descenso. Cinco posiciones más arriba se halla Las Palmas, que les aventaja en cinco puntos. Dos fechas antes, un triunfo sobre el Córdoba ha puesto fin a una racha infausta del Tenerife: trece jornadas sin ganar. Con todo, la salvación se antoja complicada; Martín Marrero la ha situado en 50 puntos. Esa es la dirección hacia lo que denominará el "campamento base".

El propósito de Rubén Castro ha acelerado el corazón del derby. A las 48 horas de sus declaraciones iniciales, lejos de retractarse, el jugador insiste: "Sí, me ratifico. Yo quiero hacer bien mi trabajo, que es marcar goles, y si les ganamos, les hundiremos un poco más". Envalentonado, remacha su desafío: "Sé que todo el público me va a pitar, pero yo voy a responder con goles". Advertido de que podría sufrir un marcaje especial, sentencia: "las patadas, de todas las maneras, me las iba a llevar". De manera premonitoria, reconoce que puede ser su último derby.

Si alguien en la acera de acá necesitaba un plus de motivación, Rubén Castro se lo había servido en bandeja. Llegada la mañana del domingo, el Heliodoro se convirtió en el santuario hasta el que se acercaban tinerfeñistas por los cuatro costados. Muchos, más de lo que es habitual, portaban pancartas. Las leyendas apuntaban mayoritariamente al delantero de La Isleta. Fijaba el centro de todas las miradas. Su aparición sobre el campo de juego levantó a los aficionados de los asientos. La primera vez que tocó la pelota, rugió el Heliodoro.

A Martín Marrero le habían facilitado la tarea. Podía dejar sin marcador a Rubén, al que ya se encargaba de seguir el público. A cada aparición suya le seguía una pitada ensordecedora. No dio una a derechas. Pero había que anular a otros diez. ¿Cómo? A base de presionar a los amarillos en su zona de elaboración, sobre todo con Vitolo y Jesús Vázquez. Una vez ganada la posesión, la consigna era buscar a César La Paglia, que recuperó en una hora todo el crédito perdido en lo que iba de temporada. Fichado para ser el referente del equipo, el "Leche" no terminaba de responder a las expectativas: un medio punta talentoso, compañero de generación de Riquelme y Aimar, aunque cosido a patadas durante su carrera. Sin embargo, ese día entró en la historia blanquiazul. De sus botas salían los pases para Raúl Martín y Keko, que avanzaban como flechas.

En pleno desbarajuste de los amarillos, incapaces de sacudirse la presión local, Raúl Martín y La Paglia batieron por dos veces, en sólo diez minutos, al "Gato" Sessa. No se había disputado ni media hora de partido pero la sentencia estaba dictada. "Los ahogamos en su campo para quitarles el balón", reconoció Martín Marrero al término del choque. Aunque en su hoja de servicios constan 16 años como jugador de los eternos rivales -trece de ellos en Las Palmas-, el preparador desconocía la disputa de un derby liguero.

La celebración no requirió la espera del pitido final; fue una fiesta con el balón en juego. Y lo que vino después fue un tramo de competición insuperable. Al mes siguiente, con nueve jornadas por celebrar, el Tenerife salió de los puestos de descenso, donde Las Palmas ya andaba metida cinco fechas antes. Mientras los amarillos caían en barrena, para acabar en Segunda B, los blanquiazules ascendían hasta la octava plaza, cuatro puntos por encima del campamento base.

Jamás un derby dejó tantas secuelas. Pero nunca se sabrá qué hubiese sucedido sin las declaraciones de Rubén. Para el Tenerife, sus palabras fueron todo un don.

 

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