Nunca antes ha habido en el mundo tantos científicos como hoy. Décadas y décadas de hornadas de hombres y mujeres salidos de las universidades han ido colmatando infinidad de plazas de investigación en centros dedicados a todas las disciplinas. Sin embargo, como ocurre con casi todas las profesiones, con frecuencia la oferta no alcanza para cubrir la demanda. Cierto que sería necesario un mayor esfuerzo por parte de los gobiernos -o al menos por parte de aquellos en condiciones de realizar ese esfuerzo-, porque lo que se invierte en investigar produce los mejores dividendos tanto en la mejora de las condiciones de vida como en el desarrollo económico. Pero sólo hay lo que hay, y lo que hay a menudo resulta insuficiente para dar empleo a tantas personas altamente cualificadas.
Simon Day, adscrito al Colegio Universitario de Londres -permítaseme que escriba el nombre en español para que nos entendamos- es uno de esos prestigiosos científicos que ha estado durante mucho tiempo sin trabajo remunerado. Tentado por la popularidad e impulsado por la necesidad de comer, ha difundido por todo el mundo la conocida teoría del deslizamiento lateral de La Palma, con la consiguiente ola "maremótica" que alcanzaría las costas atlánticas de Estados Unidos. Un negocio redondo para las compañías de seguros, que han vendido pólizas a diestro y siniestro durante los últimos años.
¿Puede producirse un fenómeno geológico de este tipo en La Palma? Indudablemente que sí. De hecho ya ha ocurrido varias veces en esa y otras islas. Los valles de La Orotava y Güímar, por ejemplo, son consecuencia de estos deslizamientos. ¿Cuándo? Pues a lo mejor dentro de un millón de años. O de quinientos millones. Los tiempos de la geología son muy distintos a los nuestros como humanos. En realidad, son muy dilatados en comparación con el espacio temporal de cualquier especie animal o vegetal. Por añadidura, está por ver si el modelo numérico de Day sobre la ola trasatlántica es correcto. No importa. Lo esencial es venderles a los gringos ricos la idea de que, en el caso de producirse, la ola tardaría varias horas en cruzar el océano; el tiempo suficiente para huir tierra adentro y ponerse a salvo. Eso sí, con las casas aseguradas para reconstruirlas una vez que las aguas, nunca mejor dicho, vuelvan a su cauce. Sobra decir que ese deslizamiento gigantesco también devastaría Canarias, así como otros países costeros de América, pero eso es colateral. Lo importante son los seguros vendidos en la tierra de la opulencia
Sin ánimo de quitarle la razón a nadie, ni mucho menos desprestigiar a ningún científico, se me antoja que con la noticia de la explosión en ciernes del Teide puede ocurrir lo mismo a escala local. Las personas que han muerto a causa del volcanismo en Canarias se pueden contar con los dedos de una mano y tal vez sobren dedos. La erupción del Teneguía mató a un pescador que, imprudentemente, se acercó demasiado a las coladas de lava y murió asfixiado. No hizo falta ninguna evacuación, ni siquiera masiva, de los habitantes de la isla. Los daños materiales no fueron, en este caso, cuantiosos; en otras erupciones, sí. Por lo tanto, empecemos a asegurar propiedades. Al final, siempre unos pocos listos consiguen vivir bien a costa de muchos tontos.
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