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JOSÉ MARÍA SEGOVIA CABRERA

Adiós a las pensiones de estudiante

19/abr/09 07:11
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No fue mala, no, la recomendación de Luis Ramírez que nos llevó a Félix Claveríe y a mí a la pensión de doña Isidora en Madera Baja, nº 3, 2º derecha. La calle se iniciaba en la de la Luna, a la que seguía la del Desengaño, paralela a la Gran Vía, más céntrico imposible, y cerquita del comienzo estaba y está la iglesia de San Mateo, ya saben, aquel de la capa, a la que íbamos a misa domingos y días de precepto, que entonces los estudiantes lo hacíamos de corazón, Y para los aficionados al teatro, en la calle Corredera Baja estaba el teatro Lara, donde por aquellos años actuaba la compañía de Rafael Ribelles y la Ladrón de Guevara, donde estrenaba el abogado del Estado metido a dramaturgo don Joaquin Calvo-Sotelo. En nuestra misma calle estaban los talleres del diario de la tarde "Informaciones" (que competía con el diario "Pueblo", de Prensa del Movimiento, mientras que por la mañana teníamos al ABC, al YA y al Arriba, este también del Movimiento), diario que dirigía Víctor de la Serna, que siempre creyó en una poderosa arma secreta alemana que acabaría con la guerra (¿bomba atómica?), aunque todo se redujo a la V-2 del famoso Von Braun, que nada decidió. Y cerca teníamos las estaciones de metro de Tribunal y Gran Vía, vitales para los desplazamientos en una España sin coches, a base de guaguas (autobuses que dicen), tranvías y metro, y bien cerquita los bares, cafés, cines y restaurantes más selectos de aquel Madrid postguerra civil. Mejor sitio, imposible, todos gracias a Luis Ramírez.

Nos dieron a Félix (al que llamábamos Felisián, Felisiú) y a mí una amplia habitación de dos camas con dos ventanas a la calle, y al lado nuestro estaba la de Julito López Fragoso, que terminaba los estudios de dentista y hasta hacía allí mismo unas intervenciones, sencillas pero eficaces. Estuve en la pensión los dos últimos años de carrera y fueron varios los canarios que allí coincidimos, entre ellos Alberto González, aparejador, compañero en el campamento de Hoya Fría, hombre apuesto y de gran éxito con las mujeres y que escribía unas cartas larguísimas a su novia santacrucera, de allá por la Vuelta Grande camino de La Cuesta, ejercicio que hacíamos Félix y yo con las respectivas, y generalmente los domingos por la noche nos ibamos corriendo en viaje de ida y vuelta, en plan gimnástico, hasta Cibeles a poner las cartas en el buzón del Palacio de Comunicaciones, hoy Alcaldía de Madrid. También estuvo un corto tiempo un muchacho que era novio de una hija o sobrina del doctor don Tomás Cerviá, que curaba de los pulmones y corazón a media isla, pero la presencia más destacada fue la de Los Huaracheros, formados entonces por el "jefe", Diego García Cabrera, Antonio Santamaría, Antonio "El Moro" y Mario "El Papelito", vocalista del grupo, que salía siempre a la calle con una bufanda por aquello de preservar la "garganta de oro" en las noches madrileñas. Vocalista que me parece era hijo del cobrador de las sillas en la plaza de la Constitución cuando los conciertos de por la tarde/noche. El grupo ocupó por breves días una amplísima habitación enfrente de la nuestra. Yo los conocía de sus actuaciones en el Club Náutico y luego, ya en los primeros 50 me los volví a encontrar cuando, junto con mi futuro cuñado Opelio, que andaba en Madrid de oposiciones, alguna noche en que venía yo en plan profesional a Madrid desde Asturias donde trabajaba e íbamos a cenar o tomar unas copas a la "Terraza Riscal", en la confluencia de esta calle con la de Fortuna, y después de las actuaciones nos reuníamos en un cuartito cerca de la cocina a charlar y tomarnos unos whiskys.

Los aspectos de cocina y administración de la pensión eran atendidos por doña Isidora, mientras que dos sobrinas suyas, una de ellas, Dorita, guapa y con "aspiraciones", se encargaban de todo lo demás. Como casi todos éramos estudiantes, en la pensión reinaban la alegría y el optimismo, compatibles con estudios, pero lo que era un problema era el tema del agua caliente. Félix y yo, que teníamos clase a partir de las 9, éramos los primeros en ducharnos cada día a eso de las ocho, hora a la que la cocina aún no estaba encendida o casi, y la disponibilidad de agua caliente era mínima o nula, por lo que, en invierno, había que tener cuidado para que el agua fría, helada a veces, no cayese directamente sobre la cabeza porque levantaba unos dolores tremendos. Mi estancia en la pensión era justo para comer y dormir, porque yo me pagaba la estancia en Madrid a base de dar clases en una Academia que preparaba para el ingreso en la Escuela de Ingenieros Industriales, complementada con otras particulares, con lo que la vuelta a casita era a las 7 o las 8 de la tarde, y había que empezar a estudiar para el día siguiente, bien en la mesita del cuarto o en la del comedor una vez terminada la cena. El problema era, como siempre, en invierno por la falta de calefacción, que se resolvía yendo a estudiar a un café, en este caso al "Café Iruña" de la Gran Vía, esquina a la calle Silva, calle esta en la que, aparte una casa de citas, había un elegante bar de copas y guapas mozas, inasequible para la economía de un simple estudiante de provincias. En el "Cafe Iruña" se estaba calentito y solíamos subir a la parte alta, donde estábamos solos a esas horas y tranquilos para estudiar. La clientela era casi siempre la misma, y sólo años después me enteré de que la tal clientela era principalmente de maricones, vocablo entonces vergonzante y hasta delictivo, mientras hoy los tenemos en todas partes, sin alardes pero sin ocultación, desde puestos ministeriales hasta en el sacerdocio, si bien la denominación es también menos insultante.

Guardo muy grato recuerdo de aquellos años y hace un par de ellos tuve que visitar profesionalmente una empresa situada en lo que antes fueron los talleres de "Informaciones" y me acerqué a la casa que sigue con su número 3; incluso subí aquella amplia escalera con peldaños de madera y hasta hablé con una inquilina que se creía como muy antigua porque estaba allí desde los años 70, y no había oído nunca lo de la pensión de doña Isidora, como les pasa a ustedes. No debe quedar mucha gente de aquella de entonces, aunque me propongo, algún día, tratar de saber algo más de la que fue mi última pensión de estudiante chocarrero en Madrid.

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