EN ESTOS DÍAS se ha vuelto a hablar de la reforma del Estatuto de Autonomía de Canarias, a cuenta de incluir en esta ley los nuevos porcentajes mínimos que propone el PSOE para que un partido acceda al Parlamento. El Estatuto, lo decimos una vez más, está desfasado. No sirve. En realidad no ha servido nunca para nada, salvo para perpetuar la situación colonial de este sufrido Archipiélago. No podemos continuar así. Necesitamos una nueva política y unos nuevos políticos. Sobran personajes, por citar sólo a unos pocos, como Santiago Pérez, María del Mar Julios, Ruano el de los desahucios -tarea en la que le ayudó Pelopincho; otro que también sobra-, Victoriano Ríos hijo y muchos más. Gracias al esfuerzo de todos ellos, estas islas son desgraciadas en vez de afortunadas. A estos individuos e individuas tenemos que soportarlos porque son de aquí; en caso contrario, ya los habríamos invitado a que se fueran. De ellas y ellos podemos decir que han estropeado incluso las vidas familiares de Canarias.
¿A quién se le ocurre seguir hablando del Estatuto cuando la independencia es irremediable, porque conlleva la libertad de hombres y mujeres? ¿No se han dado cuenta los amantes de la españolidad de estas Islas que esa libertad es un derecho divino? Además, no se puede perpetuar un Estatuto en el que figura el nombre de la tercera isla con el aumentativo "gran". Tampoco se puede seguir con una enumeración según el orden alfabético, que pospone al último lugar a la principal isla del Archipiélago, además de mantener un escudo oficial en el que todas las islas aparecen de igual tamaño. Canaria no es más grande porque algunos de sus habitantes se pongan tacones altos y se vistan de Drag Queen; hagan lo que hagan, Canaria será siempre la tercera isla. Hace muchos años, un departamento, no recordamos si civil o militar, le atribuyó a Canaria unos cuantos kilómetros cuadrados más, pues sus habitantes siempre han estado en el meridiano de querer ser los primeros. En definitiva, que a nadie se le ocurra la locura de volver a hablar del Estatuto.
Respecto a Canaria y a su importancia real -que no es la que pretenden sus dirigentes políticos-, nos parece oportuno comentar la carta de uno de nuestros lectores que publicamos el día 14 de este mes con el título "Vender nuestro patrimonio a los extranjeros". De ella recuperamos el último párrafo: "Los habitantes de la isla de Chinet, es decir, los chicharreros, que han pescado más las caballas que los chicharros, no son como los canariones: personas más inteligentes que no han permitido ningún parque nacional en la isla de Gran Canaria; el respeto a las personas que se oponen tanto en el mundo urbano como en el rural es típico en la isla de Gran Canaria, pero los chichas de Santa Cruz venden la isla de Tenerife por el eterno desprecio a los magos, es decir, a los chicharreros".
Respetamos cualquier opinión, pero pensamos que este lector yerra absolutamente en este aspecto. Contar con un parque nacional, sobre todo, como es el caso del Teide, protegido por la Unesco con el título de Patrimonio de la Humanidad, no supone ningún demérito ni venta de territorio. Esa opinión es hija de la ignorancia supina. Ya quisieran los canariones tener un parque nacional, aunque no pueden porque es la suya una isla de secarrales, de panza de burro y sin encantos. Los canariones babean de rabia hacia Tenerife porque viven en una isla desangelada. Ya quisieran ellos que algo de lo que tienen sea patrimonio de la humanidad, como el Teide o La Laguna. Lo han intentado con Vegueta, pero les han dicho que no. De ahí su envidia.
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