En estos días mezquinos me acuerdo del poeta y periodista Juan Gelman. En estos días mezquinos en los que en cada esquina me encuentro con periodistas cabizbajos que me anuncian el final de la profesión. "Esto es el final", me confiesa una compañera amiga durante la cena. Una profesión que se basa en contarles a los demás las historias cuyos protagonistas preferirían ocultar. Las historias incontables. Aquellas que nadie revela en las ruedas de prensa. Imagínese el lector lo complicado de contar historias controvertidas en países como China o Birmania, Cuba o Venezuela con su democracia de juguete. No son tiempos para el optimismo. Allí donde uno pose la vista no puede observar otra cosa que la destrucción de empleos en el sector de la comunicación. En todos los medios. En masa.
¿Sabríamos lo que hacen los sátrapas de medio mundo si no hubiera periodistas que lo contaran? A pesar de las presiones, de la consignas, de las luchas diarias por mantener la dignidad profesional, ¿sabríamos que cada minuto muere de hambre un niño en el mundo afectado por enfermedades perfectamente curables en los puntos desarrollados del planeta? ¿Cuántos profesionales y compañeros han muerto en dictaduras y democracias, en tiempos de paz y de guerra, por contar aquello que los más poderosos prefieren mantener en silencio? No obstante, hay quien augura ya nuestro final, el final de la profesión.
Y supongo -como dijo Gelman en 2007 durante la entrega del Premio Cervantes- que muchos de nuestros compañeros se preguntan: en estos tiempos infames y mezquinos, ¿para qué periodistas?, igual que el argentino se cuestionaba: ¿para qué poetas? Y no tengo otra respuesta que la del propio Gelman: porque ahí estará siempre el periodismo, como la propia poesía, de pie contra la muerte.
*Jefe de sección de EL DÍA
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