"HAY UNA AVENIDA muy larga llena de mendigos, cada uno con el lugar reservado donde diariamente pide limosna". Eso me contó cierto individuo de Casablanca cuando yo no conocía Casablanca. Posteriormente, durante las veces que he visitado esa ciudad marroquí, he buscado la avenida de los mendigos con el puesto reservado. Jamás la encontré. No porque no existan menesterosos en esa plaza, hoy inmensa y con un asombroso contraste entre su moderno centro urbano y la inacabable extensión de arrabales que la circunda como un cinturón de calamidad. Hay mendigos en Casablanca, en Marraquech, en Fez y en otras muchas localidades marroquíes, como los hay en Madrid, París o Roma. La pobreza es una plaga universal. Pero los pobres sistemáticamente organizados en Casablanca, como si fuesen tenderos que acuden cada mañana a ocupar el puesto que tienen desde siempre en el mercado, nunca los he visto.
Asunto distinto es el concepto que posee el mahometano de la limosna. La limosna, junto con la manifestación de la propia fe, la oración cinco veces al día, el ayuno durante el Ramadán y la peregrinación a la Meca, es uno de los preceptos básicos del Islam.
La limosna también obliga a los cristianos mucho antes de que la Iglesia estableciese la recaudación de diezmos y primicias. Por lo demás, no hace falta ser creyente en el Dios de los cristianos, de los musulmanes o de los judíos -que en esencia es el mismo Dios- para comprender que en un mundo caracterizado por fuertes desigualdades sociales, por desgracia aumentadas cada día, resulta imprescindible la conciencia del reparto. En pocas palabras, se impone una transferencia de bienes desde los que poseen más a quienes no tienen nada o casi nada.
No propone nada nuevo, por lo tanto, el obispo de Las Palmas, Francisco Cases, cuando recomienda a los fieles con ingresos estables que entreguen la décima parte de su sueldo a quienes más están sufriendo las consecuencias de la crisis económica. E incluso que lo hagan no sólo de forma esporádica, sino sistemática. Sin embargo, más allá de respetables creencias religiosas -sean las que sean- y de una apremiante conciencia social, discrepo sobre la conveniencia de una sociedad basada en la generosidad. Basta viajar un poco por ahí fuera, y hoy cualquiera puede viajar bastante sólo con proponérselo, para comprobar que esos países donde la limosna es una obligación moral -y a veces algo más que una obligación moral- son también, con bastante frecuencia, los más pobres. Las dádivas perpetúan la dependencia y la menesterosidad de quienes las reciben, pero no generan riqueza. La caridad es un paliativo para la miseria, no su panacea.
Prefiero una misericordia enfocada a la redención para siempre de los necesitados. Sería mejor emplear ese diezmo que propone el obispo de Las Palmas para generar empleo, de forma que los pobres dejen de serlo porque son capaces de ganarse la vida por sus medios. En cualquier caso, una utopía. La sociedad moderna, también en los países musulmanes, está configurada para subsidiar a un porcentaje de desheredados, a cambio de que una mayoría suficiente viva de manera aceptable. Una situación que se complica, como está ocurriendo ahora, cuando ese porcentaje de pobres deja de estar confinado en unas cifras admisibles y se dispara hasta lo insoportable.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD