¿PUEDE HABER algo más grotesco que el presidente de un país en huelga de hambre porque no le aprueban una ley? Ciertamente el principio de Peter está absolutamente manoseado de tanto uso, pero no por ello deja de verificarse constantemente. Evo Morales piensa que todavía es un líder sindical o, como mucho, un conductor de masas, porque siendo líder sindical y conductor de masas hizo carrera política. ¿Y cuál es uno de los recursos último de un reivindicativo cuando un asunto se le tuerce? La huelga de hambre, por supuesto. Recurso al que en su día recurrió Pedro González cuando era alcalde de La Laguna. El gobernador civil, entonces Jesús Rebollo, le afeó que abandonase su despacho en el Ayuntamiento para ir a su casa a ducharse, y luego volver a las casas consistoriales para cubrirse de nuevo con la manta esperancera. "Qué huelga de hambre es esa, oiga". González le contestó que los canarios suelen bañarse antes de ponerse la manta, o lo que sea, sin duda en clara referencia a otras costumbres menos higiénicas. Y lo dejo aquí, pues hoy no me apetece hablar de cierto colega que padece una notable aversión al agua y al jabón.
Evo Morales ha demostrado que la suya es una presidencia harto penosa. Pero no es el único. También López Aguilar aprendió el arte de la diatriba constante como forma de escalar puestos en política. Con eso consiguió hasta ser ministro de Justicia. Nada tiene de extraño, en consecuencia, que persista en el principio de Peter; que porfíe, porque en definitiva de eso se trata, en ascender con su habitual discurso mitinero -los mítines se le dan bien; sobre todo los fines de semana- hasta alcanzar su grado de ineptitud política -su currículo académico es envidiable-, y permanecer ahí para siempre.
Un yerro que afecta por igual a cualquier político, sea del signo que sea. Ahí tenemos a Rajoy, magnífico segundón pero incapaz de dar un paso en el sentido adecuado para ser el número uno no de su partido, que eso lo ha logrado, sino del país. Como no tiene un presidente del Gobierno que sea del PP para ser él vicepresidente, se conforma con estar a la sombra de Zapatero en su papel de jefe de la oposición. Papel, no es la primera vez que lo digo aunque conviene recordarlo, en el que se siente como un niño con zapatos nuevos. Es decir, la mar de contento.
El principio de Peter es, esencia, una crítica demoledora contra la sublimación de las jerarquías. Es decir, contra los esquemas empresariales, sociales, religiosos y políticos, entre otros tantos, llevados más allá de lo necesario. En una organización donde la cadena de mando es muy larga, y donde hay un único puesto de mando que alcanzar, los enunciados establecidos por Laurence J. Peter a finales de los años sesenta se cumplen a rajatabla. ¿Y cuál es el ejemplo más a mano de una organización amplia con una larga cadena de mando? Pues, los partidos políticos. Así tenemos a un señor como Rodríguez Zapatero, que llegó a la secretaría general del PSOE gracias a una serie de cambalaches -le ganó el cargo a José Bono por sólo nueve votos- convertido en presidente de la que hasta hace poco era la octava potencia industrial del mundo. Actualmente no sé por donde andamos, y prefiero no indagarlo. En definitiva, uno en huelga de hambre, otro hablando de una crisis descomunal para ocultar su incompetencia -crisis que antes de las elecciones negaba enérgicamente- y así cada cual. Eso es lo que tenemos.
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