Hay cada vez más personas deprimidas y atribuladas por esta crisis que nos araña con sus zarpas. En su mayoría son aquellos que se entregaban, de manera desaforada, a los llamados placeres terrenales, es decir, panza llena, viajes en primera, entrenador personal, masajista a domicilio, abono a la ópera, ropa de marca, sexo de alto "standing", móviles de última generación, coche de gran cilindrada... y tarjetas de crédito exhaustas. Hombres y mujeres que han hecho del dinero su credo, que abominan de lo sobrenatural, que se han esforzado en extirpar de la cotidianeidad de sus días el forúnculo de la fe con la pomada de un laicismo mal entendido, apelando a la Constitución como norma suprema del Estado y haciendo proselitismo entre sus iguales.
Su radicalismo y paranoia han llegado a límites insospechados, adoptando posturas intransigentes, haciendo manifestaciones carentes de respeto hacia las generaciones que les han precedido y hacia una religión que ha sido la oficial hasta antes de ayer. Entiendo que una cosa es respetar la Constitución y no hacer apología de una determinada confesión religiosa, atendiendo al pluralismo y la libertad de credo que proclama la citada Carta Magna, y otra perseguir a los practicantes católicos. Tanto derecho tienen los unos a expresar su credo públicamente, como los otros a liberarse de un hábito que les resulta engorroso, asumiendo libremente el riesgo de padecer en un futuro problemas de temperatura corporal. Nada, a su criterio, que no solucione un buen puñado de euros y unas cuantas sesiones con el psicólogo. Craso error, pues extirpar al hacedor del universo de nuestra naturaleza provoca graves desarreglos anímicos.
Hasta hace muy poco el hombre andaba apoyado en su Dios, ahora para mantener la marcha lo hace en la muleta de los antidepresivos, tranquilizantes, euforizantes, niveladores, terapias y todo un largo etcétera de panaceas para los males racionales, una artificialidad que primero da un subidón y luego nos deja hechos unos guiñapos, revolcándonos como un animal herido en la insatisfacción permanente. Hay pastillas para todo menos para sustituir la fe. Ni siquiera sirve de consuelo ver cómo se contagian otros del mismo mal, cómo se esfuerzan en disimular esa sensación de vacío pertinaz, intentando abolirla por decreto, tachándola de su estado de ánimo, sepultándola con dosis de playa y sol, atiborrándose de todo lo prohibido, vagando sin rumbo por la falsa euforia de un tiempo de vacaciones que debería de eliminarse del calendario de los que se autoproclaman no creyentes. No tiene sentido dar libre a esos autómatas que niegan a Dios en las efemérides propias de la Iglesia Católica, pero esto es una medida antipopular que restaría votos en los próximos comicios. Ya se sabe que para tener contento al pueblo hay que darle pan y fiesta.
Pero sin abrigo, el frío del alma se siente con más intensidad, la sonrisa de la euforia se torna en mueca y la felicidad es impostada. Asistimos al nacimiento de una generación de fracasados del espíritu, de marionetas consumistas, más vacías que nunca con esto de la crisis, que buscan un sentido a su existencia, sin que esta búsqueda les dé el derecho a expulsar un credo milenario de la sociedad. Y se sienten enfermos, fatigados, muertos? por no poder despilfarrar como antes. Son incapaces de observar a su alrededor y valorar lo poco o mucho que se posee, entender que la verdadera paz la dan pequeños placeres que, generalmente, no proceden de una abultada cuenta corriente, que son gestos humildes y sencillos, propios de aquellos que no han extirpado de su horizonte vital a ese Dios en quien apoyarse, lo que otros consideran un grano en salva sea la parte.
Son muchos los que tienen la cicatriz del forúnculo oculta por el maquillaje del progresismo, los mismos que manifiestan que la religión es cosa de pobres y de incultos, sin darse cuenta de que esa postura extrema es el primer síntoma de la depresión. El hombre necesita creer en algo y apoyarse en una confesión religiosa, como única fórmula válida para canalizar sus miedos y dar sentido a sus días. Hasta en esto estamos en crisis.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD