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Una fábrica de joyeros

La Universidad Popular del Puerto de la Cruz se ha consolidado en 27 años de historia como una auténtica factoría de joyeros de Tenerife y de Canarias, bajo el magisterio del artesano Antonio Moya Cartaya.
12/abr/09 07:44
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EL MAESTRO ANTONIO MONTOYA transmite el arte de la joyería en la Universidad Popular portuense./ RAFAEL BARRETO
EL MAESTRO ANTONIO MONTOYA transmite el arte de la joyería en la Universidad Popular portuense./ RAFAEL BARRETO

R. BARRETO, Pto. de la Cruz

La Universidad Popular del Puerto de la Cruz se ha consolidado en 27 años de historia como una auténtica factoría de joyeros de Tenerife y de Canarias, bajo el magisterio del artesano Antonio Moya Cartaya, que en todo este tiempo ha sabido modelar la difusión de un oficio y profesión apasionantes. Con los albores de aquella aventura académica no reglada pionera en Canarias, el Aula de Joyería irrumpió con decidida vocación de promoción de todo un arte que ha cautivado a los más de 2.000 alumnos que han pasado por el taller en casi tres décadas.

El maestro joyero Antonio Moya recuerda los inicios del aula de joyería de la Universidad Popular Municipal Francisco Afonso Carrillo. Cuando se incorporó a ese proyecto docente trabajaba en su taller de la calle San Juan, por invitación de la entonces concejala de Cultura del Ayuntamiento, Elsie Ribal, y del director de la recién creada Universidad Popular, Nicolás Barroso, y su sucesor Pérez Maillo. No dudó en aceptar la oferta y se incorporó al centro docente en horario de siete de la tarde a diez de la noche.

"Para comenzar las clases -explica- les presenté una lista de las herramientas y maquinaria indispensables en octubre de 1982, pero será sobre el mes de abril de 1983 cuando efectivamente dispusimos del material solicitado. No obstante, mientras tanto, por las tardes llevaba mi maletín con los utensilios necesarios para impartir las clases, que en realidad consistían en exhibir el procedimiento de elaboración de las diferentes joyas. Cuando se necesitaba practicar soldaduras llevaba mi soplete. Luego por fin llegaron los equipamientos. Lo cierto es que al comienzo había mucha gente matriculada dado el interés de los jóvenes en el aprendizaje de este oficio".

Moya Cartaya confiesa que "de un año para otro aprendí muchísimo, porque una cosa es saber el oficio y otra poder transmitirlo. Supimos superar la crisis con la llegada de un nuevo gobierno que planteaba una reestructuración del modelo de la Universidad Popular, que puso en serio peligro la continuidad del aula de joyería. Durante unos seis meses se instaló la incertidumbre, que, afortunadamente, cedió ante un cambio de tendencia en la dotación de recursos y organización. Desde entonces, siempre hemos seguido adelante, y se da la circunstancia de que en los últimos quince años desde aquella crisis hemos progresado considerablemente".

Asegura que "en los inicios de esta andadura académica en los años ochenta del pasado siglo, el 90% de los alumnos inscritos eran varones, pero se ha dado el caso de que ahora predominan las mujeres. Es decir, las mujeres están en la proporción 3 a 1, lo que resulta increíble".

En cuanto a la destreza, agudeza y capacidad para el aprendizaje del oficio, hombres y mujeres están a la par, según precisa Antonio Moya. En su aula hay mucha gente joven y personas mayores.

Antonio Moya sostiene que "trabajar con la juventud es algo maravilloso porque uno nunca se siente viejo. En nuestras clases se trabaja de manera distendida y amena, no hay lugar para el aburrimiento, incluso creo que tienen una componente terapéutica porque quienes vienen a nuestra aula con alguna preocupación o problema personal se suelen olvidar y abstraerse mediante el estudio y el contacto con el resto de los compañeros en esas tres horas diarias. Una terapia de grupo en la que el primer beneficiario soy yo, porque aquí se da la circunstancia de que llegan muchas personas maduras que tienen asuntos personales pendientes, pero nos olvidamos de todo y regresamos a la infancia, en la que predominaban la creatividad y las manualidades. Mis alumnos se concentran en su trabajo. Sin embargo, cuando adquieren más experiencia y conocimientos suelo exigirles más y soy más estricto con ellos, pero sin perder esa confianza y calor humano que caracterizan nuestras sesiones de estudio".

El premio a la labor docente de años se materializa en los nuevos profesionales que logran establecerse por su cuenta o encuentran trabajo. Muchos se han convertido en joyeros artesanos con su carnet, con opción a participar en ferias y muestras, y otros han montado su propio negocio. "Le doy gracias a Dios -indica- por mi trabajo todos los días del año y por sentirme completamente realizado, mucho más que cuando tenía mi taller particular, me gusta mucho más la docencia".

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