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SUPERCONFIDENCIAL ANDRÉS CHAVES

La Semana Santa

8/abr/09 07:32
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1.- Ha estrenado reloj la iglesia de la Peña de Francia del Puerto de la Cruz, mi parroquia de siempre. Alberga el templo los pasos de Semana Santa, aquí un Luján , allá el Gran Poder de Dios, en el otro lado los ojos saltones de Simón Cireneo . Siempre temí a esos ojos que te miraban con mala leche desde la altura, siendo yo un niño. Apretaba entonces muy fuerte la mano de mi padre, que señalaba a aquel hombre de la capucha roja y cara de muy pocos amigos. El cortejo fúnebre lo iniciaba San Juan, nunca supe por qué iba -y va- el primero. Más atrás, la Verónica , María Magdalena , la Virgen de los Dolores . Impresionaba el Santo Entierro y ponían los pelos de punta los gritos del padre Salvador Sierra Muriel (OFM) desde el balcón del Banco Exterior. Mi casa familiar lindaba con ese balcón, así que tenía al pintoresco fraile al lado. Era, me parece, el sermón de las Siete Palabras y lo componían una serie de disparates que a mí me sonaban, entonces, a música celestial. La gente lo escuchaba en silencio. Con mucho respeto. El fraile elevaba y bajaba la voz, acojonando al personal. Los niños pequeños se asustaban con aquella visión catastrofista de la pasión. Hoy también nos asustamos, pero no del sermón, sino de la crisis angustiosa que nos trae la Semana Santa.

2.- Las procesiones tenían también una connotación erótica. Los rabinos (de rabo) hacían su agosto entre el tumulto. Había mucho salido de Semana Santa en esos pueblos de Dios y aún en la religiosa ciudad de La Laguna. Se habla de dos cofrades que en su entusiasmo tiraron para San Agustín cuando el cortejo transcurría por la Carrera. Habían cerrado los ojos, en su éxtasis, y erraron la ruta, física y espiritualmente enganchados, sumidos en su delirio erótico-religioso. Se habla también de un conocido capuchino descalzo que metió el dedo gordo del pie en el raíl del tranvía, se le hinchó, no lo podía sacar y tuvo que ir caminando hasta Tacoronte, donde acababa la vía.

3.- Pero lo más gracioso es lo de aquella señora que acudía cada año a la procesión con un bocadillo para su marido, de capuchino, y siempre erraba el destinatario y se lo zampaba otro. Acabó colocando en el capirote de su familiar un lazo rosa, que podía desentonar entre tanto morado pero que aseguraba que el bocata iba a llegar a la panza de su religioso cónyuge, harto de ayunar. Los laguneros hacían apuestas sobre quién era quién en la procesión y siempre acertaban con un conocido abogado, que tenía un andar muy característico. "Mira, aquel es donManuel" , se decían unos a otros. Pues mañana arranca la Semana Santa. O, mejor, arrancó el viernes de Dolores pasado. Que se divierta cada uno como pueda.

achaves@radioranilla.com

 

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