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LUZ EN EL CAMINO FERNANDO LORENTE, O.H. *

Los niños y los santos

8/abr/09 07:32
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PARA QUIEN tiene miedo, nos dijo Sófocles, todos son ruidos. Ya acercándonos a la realidad de este fenómeno humano podemos afirmar que el miedo procede de la debilidad, de la inseguridad, de un mal que se nos viene encima. El ser humano es miedoso por naturaleza, porque se siente frágil y amenazado por tantos factores que pueden destruirle. Los únicos que no tienen miedo al peligro son los niños y los santos. Los niños pequeños, porque no son conscientes de los males que les rodean y por eso hay que estar muy pendientes de ellos, pues se meten en todo tipo de peligros, con riesgo incluso de sus frágiles vidas, sin darse cuenta. Los santos, porque confían en Dios, es decir, tienen experiencia vivida de que Dios es Padre bueno que cuida de verdad de cada uno de sus hijos. Los santos viven colgados de la providencia de Dios y no suelen tener miedo de lo cotidiano. Tienen su confianza plenamente de sí mismo. Temen lo que hay que temer de veras y confían plenamente en Dios.

De eso nos habla Cristo en su Evangelio y con este espíritu dio comienzo su pontificado Juan Pablo II: "No tengáis miedo (?)", porque Cristo y éste -su Vicario que le seguía-, conocían bien nuestra condición humana y sus temores continuos. No tengáis miedo al juicio de los hombres. Dios lo conoce todo y, en su momento, lo sacará a la luz. No estéis pendientes de qué dirán. No tengáis miedo a los que pueden haceros daño corporalmente, temed a los que pueden llevar vuestra alma al fuego eterno. Vosotros valéis más que un par de gorriones. Dios no nos ha traído al mundo y nos ha dejado a nuestra suerte. Él, que nos ha creado, nos cuida y quiere para nosotros siempre lo mejor, aunque a veces no entendemos sus planes. Fiarnos de Dios es recuperar esa confianza del niño en brazos de su madre o de su padre.

Jesús nos invita a dar testimonio de Él ante los seres humanos. Muchas veces el miedo nos lleva a escondernos, a disimular, a camuflarnos ante un mundo que parece que va a devorarnos. Cristo nos puso delante de los ojos nuestra comparecencia ante el tribunal de Dios, en el último día, y establece una correspondencia: "El que dé testimonio de Mí. Yo lo defenderé ante mi Padre. Seré su abogado defensor en el momento definitivo. El que se avergüence de Mí o me niegue ante los hombres, yo también lo negaré ante mi Padre del cielo".

El miedo que brota de nuestra debilidad ha de ser superado por la confianza en Dios. Y lo que verdaderamente hemos de temer es no haber dado testimonio de Cristo ante las personas, porque entonces estaríamos perdidos en el último día.

Sepamos así confiar en los niños y honrar a los santos, si no queremos equivocarnos al reflexionar y vivir el verdadero valor de nuestra existencia. ¿Y en qué mejor podemos emplear los maravillosos días de Semana Santa que estamos celebrando?

* Capellán de la clínica

S. Juan de Dios

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