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L.GARRIDO, El Paso
Todos los niños de La Palma han cuidado alguna vez gusanos de seda. Al llegar la primavera, nadie se escapa en el colegio de llevarse, dentro de una caja de zapatos llena de agujeros hechos con el lápiz, un puñado de "bichitos" a los que luego alimentar con hojas de morera y ver crecer hasta transformarse, casi por arte de magia, en mariposas de color blanco.
La crianza del gusano de seda ha sido una actividad tradicional en la Isla aunque, con el tiempo, ha ido perdiendo adeptos. La seda que desprenden estos animales es una materia prima muy codiciada para elaborar de forma artesanal unas prendas de gran calidad muy valoradas en el mercado. Poco a poco, el interés por este oficio se ha ido perdiendo y, en la actualidad, es el Ayuntamiento de El Paso el que se encarga de importar principalmente de Colombia, pero también de Japón, los huevos de los que nacen estos gusanos, que luego son repartidos a las diferentes familias del municipio.
La mayoría colocan en sus garajes andamios con cajas para almacenar los gusanos hasta que forman el capullo. Es en ese momento en el que se interrumpe el proceso de reproducción para extraer el fino hilo de seda. Si se dejase crecer la crisálida que se forma por metamorfosis en el interior, la mariposa encargada de poner nuevamente los huevos, al salir, rompería el tejido. Es por esta paralización del ciclo natural por lo que no se conservan en la Isla los huevos de años anteriores.
Al borde de la extinción
Una vez se ha extraído el hilo comienza la labor que llevan a cabo Las Hilanderas, una pequeña empresa formada por tres mujeres, Ana Morales, Carmen Díaz y Blanca García, empeñadas en hacer de su pasión una forma de vida y sin las cuales probablemente hubiese desaparecido la artesanía de la seda tal y como se practicaba hace cinco siglos.
Por abandonado que parezca, el negocio de la seda tiene para estas mujeres más demanda que oferta. A través de un catálogo, sus piezas y, sobre todo, lo laborioso y espectacular del proceso, ha maravillado a más de uno, convirtiendo los pañuelos, chales y bolsos de seda natural en auténticas joyas exclusivas. No se han privado de ellas, por supuesto, los miembros de la Familia Real y, entre otras personalidades, Blanca García cuenta cómo su madre, Bertila Pérez, le hizo un traje de chaqueta a Camilo José Cela.
Las tres hilanderas llevan la técnica grabada en su ADN. García, por ejemplo, empezó a tejer a los 12 años. "Crecí debajo del telar mientras mi abuela me criaba; ella es la auténtica maestra de la que todos han ido aprendiendo; una persona fuerte que trabajó con la seda hasta los 74 años", comenta.
Sus enseñanzas han calado en lo más profundo de estas tres visionarias que apostaron por la seda, aunque no sea una actividad ni de lejos rentable. Crearon su empresa en 2001 y ligaron a su fábrica un museo peculiar, pues el que allí acude no encuentra una exposición estática, sino una auténtica muestra en vivo que recibe entre 30 y 40 visitantes al día.
El turista puede ver en vivo las 12 manipulaciones que son necesarias para obtener una prenda acabada, un proceso largo y complejo que se prolonga a lo largo de unos dos meses. Para los asombrados visitantes, esta tarea se antoja eterna, sólo digna de las manos más resistentes y de las mentes más creativas e incansables. Una labor que sólo defienden estas tres artesanas que creen que, una vez dejen el negocio, el trabajo de la seda quedará extinguido.
Más que artesanía, Las Hilanderas suponen el último capítulo de parte de la historia colectiva del pueblo palmero. Parece que, a pesar del esfuerzo de estas tres románticas y de las diferentes instituciones por conservar una forma de arte, se perderá irremisiblemente un resquicio, no tan pequeño, de la identidad de la Isla.
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