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MIGUEL ZEROLO AGUILAR

La ola

29/mar/09 02:35
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UN RECONOCIDO periodista radiofónico me pidió el miércoles en su programa que contara qué valoración hacía del Debate sobre el Estado de la Nacionalidad celebrado en el Parlamento de Canarias, a lo que respondí que "no sirvió para nada y la gente de la calle espera otra cosa de los políticos". Y es que no creo que ocurra algo así porque no haya ganas, ni interés, por parte de los grupos políticos o los parlamentarios. Sucede porque la labor política ha mutado a un permanente rifi-rafe en el que los guiones de los partidos se imponen al sentido común y a la razón práctica en el ejercicio del gobierno y la oposición. Todo lo que hace uno es malo para el otro, y viceversa, y así no avanza una sociedad en democracia. Estoy convencido de que todos -todos, hasta los más sectarios- los parlamentarios, independientemente de su color político, desean el bien para esta tierra. Pero lo que no se puede hacer es convertir el día de análisis y debate en el máximo órgano de representación de los canarios en una refriega dialéctica en la que los titulares se los llevan las bromas, el discurso demagógico, los reproches, los versos de un diputado o que hay órdenes que vienen, vía teléfono móvil, desde miles de kilómetros de distancia. Eso es alejarse de la ciudadanía. Los pocos canarios que decidieron seguir el desarrollo del citado debate pueden haber sacado la, falsa, conclusión de que el palacio de Teobaldo Power se parece más al estudio televisivo de "La Noria" o "Dónde Estás Corazón" en versión soporífera -con gritos, desafíos verbales y jaleos varios- que a la sede de la soberanía popular. La política sé que no es, ni creo que aspire a ello, un espectáculo, pero sí que debe ser entendible y accesible para el ciudadano. Da igual el contenido de las propuestas del Gobierno, dan igual las salvedades de la oposición socialista y sus propias iniciativas, da igual la crisis, da igual que estemos viviendo uno de los momentos claves para determinar el futuro de esta tierra. Lo que importa es la bronca o la inspiración lírica, más o menos afortunada, de un diputado. Incluso, se acusa al presidente de hablar demasiado. ¿No piden que dé la cara, que afronte la situación, que explique lo que hace? Y es que es en esos casos cuando la crítica no es justificable. Cuando el presidente de los canarios da explicaciones y propone soluciones a los problemas de los ciudadanos, no puede recibir por respuesta la chanza, la demagogia más infantil, aun cuando no se esté de acuerdo con él. Paulino Rivero se está enfrentando a un mandato complejo por la situación económica y por una crispación política sin precedentes, y ambos hechos están lastrando el normal desarrollo de la legislatura, por lo que es injustificable que cuando se tienden puentes los mismos se dinamiten apenas comenzada su construcción. Otra cuestión diferente es que se proponga cambiar el modelo del debate -demasiado extenso y tendente a no ser, precisamente, un debate-, pero esa modificación también depende de la voluntad política de todos los grupos.

Este modo de hacer política es sólo reflejo de la sociedad actual. No es que los canarios de a pie estén enfrentados a raíz de los argumentarios de los partidos políticos. Ellos tienen otras cuestiones por las que preocuparse e, insisto, no están viendo en la clase política el mismo debate que está al cabo de la calle. Pero sí que es cierto que los denominados agentes sociales, aquellos que articulan la convivencia y la relación entre la ciudadanía y las administraciones, están tan o más encanallados que los políticos. Y ahí sí que somos reflejo unos de los otros. Los sindicatos, las organizaciones empresariales y comerciales, los medios de comunicación, las sociedades, las organizaciones mercantiles y profesionales, las ONG, etcétera trabajan en términos de ganar guerras o batallas y de sus propios intereses. Existe un sentimiento de sálvase quien pueda, de "primero lo mío y después lo del resto", que esconde un gravísimo problema: la sociedad canaria está desestructurada. La tozuda realidad nos dice a todos que una situación así es insostenible y que la ola de acontecimientos que están por venir, o que ya conviven con nosotros, va a obligar a los políticos y a la sociedad en general a pactar, consensuar y colaborar. No habrá más remedio.

Un claro ejemplo de todo lo anterior es el enconamiento de las posturas en torno a las infraestructuras en Tenerife. El puerto de Granadilla o el cierre del anillo insular vuelven a ser noticia en sentido negativo. Son dos obras necesarias -reclamadas, incluso, por diversos sectores sociales y ciudadanos- que se enfrentan a una "guerra" de posturas irreconciliables. En el caso del puerto chasnero los extremos son los que llevan la voz cantante en un debate inexistente. Por un lado están los que opinan que los que apoyan al puerto son "especuladores" o "depredadores del territorio" y hay quienes sostienen que los que no apoyan el puerto son, entre otras lindezas, "terroristas ecológicos". En medio de esos dos postulados extremistas hay todo un abanico para el diálogo que debería ser el que primara en los debates públicos. Tendría que hablarse de los "pro" y los "contra" desde el apasionamiento racional, si es que eso es posible, pero no desde la irracionalidad del "conmigo o contra mí". Pero a ello no contribuyen, y aquí se cierra el círculo sociedad-política, ni los partidos políticos, ni los empresarios, ni los sindicatos, ni las organizaciones medioambientalistas, ni los claustros universitarios, ni los medios de comunicación. Nadie. Y así nos va, más pendientes de los "piques", a veces absurdos, de unos con los otros que de resolver problemas, que, en el fondo, es lo que todos querrían hacer.

* Alcalde de Santa Cruz de Tenerife y diputado en el Parlamento de Canarias

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