A LO MEJOR Paulino hubiese dado un campanazo en el Parlamento de Canarias con un discurso en el que no mencionase para nada la crisis económica. Una disertación exenta, igualmente, de cualquier referencia a los parados, a los que no tienen con qué afrontar una hipoteca vendida en su día por un banco aun a sabiendas de que jamás la podrían pagar y también, por qué no, que no dedicase ni una sola frase a los que necesitan que les repartan comida, lo mismo da si está recién salida de la granja o a punto de caducar. Indudablemente, un discurso de este tipo hubiera sido noticia no sólo en Canarias. Alguien lo habría calificado como la alocución del cinismo; acaso la palabrería al uso de un gobernante capaz de darle la espalda a la realidad, la realidad social, para divagar sobre asuntos diversos.
Existe, empero, otra realidad que no es la social. Quizá la realidad lógica, aunque tampoco. Más bien estoy pensando en esa realidad difusa, formada y conformada por los mil pequeños problemas de cada día. Y al reflexionar sobre esa cotidianidad inapelable, me pregunto -y les pregunto- qué diferencia hay, a efectos prácticos y en estos momentos, entre un discurso que proponga otro decálogo contra la crisis, o uno que especule con la existencia de selenitas todavía no descubiertos en la cara oculta de la Luna. Porque la cuestión hoy, ayer, hace seis meses y probablemente dentro de seis meses o año y medio, continúa siendo la misma. ¿Puede el Gobierno de Canarias hacer algo medianamente efectivo para reconducir la hecatombe, o al menos para que no aumente la devastación? ¿Puede hacerlo el Ejecutivo central, ahora llamado Gobierno de España? No; y aquí no voy a decir que lo dudo, o que quizá no, sino rotundamente no. Como mucho, y no es poco, se pueden adoptar medidas paliativas mientras al erario le quede un euro. Luego habrá que empezar a emitir deuda pública -ya se está haciendo-, porque el horno no está para subir los impuestos. Al final serán los hijos y los nietos, y a lo peor también los bisnietos, de esta generación los que paguen los excesos y las irresponsabilidades de los años anteriores. De las décadas anteriores, para hablar con más propiedad.
¿Quién permitió que nos hiciéramos ricos especulando con el ladrillo? La derecha, responde la progresía patria. Y no le falta algo de razón. Pero, por otra parte, ¿quién consintió que desmantelásemos nuestra industria para que los ricos de la UE nos subvencionasen con lo que les sobraba? ¿Quién nos convirtió en un país esencialmente de servicios, lo que equivale a decir un país fundamentalmente dependiente? ¿También la derecha? Más bien no. Cierto que en los servicios se gana más dinero... cuando hay a quien servir.
Tenemos que reconvertirnos. Desde luego. Aunque eso lleva tiempo. Lo peor es que posiblemente sea demasiado tarde para toda una generación; esa que en Canarias, sin ir más lejos, ha abandonado la enseñanza antes incluso de concluir el periodo obligatorio, porque molaba cobrar un sueldo y comprar un coche para tunearlo. ¡Ay!
En fin; hablen ustedes de lo que quieran, señores políticos; hablen de la redondez del mundo, o de las hormigas amarillas trepando de espaldas al Kilimanjaro en las noches de plenilunio, pero no pierdan el tiempo hablando de soluciones para esta crisis.
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