1.- Existen dos islas dentro de cada una de nuestras islas. Una es de los que somos de aquí. Ya saben, la de la comidilla civil, la crisis, el alza de los precios, las noticias sobre corrupciones, las movidas municipales, el puerto de Granadilla, las torres de Vilaflor, los robos que no cesan, los líos de vecinos, la enfermedad de la gorda que vive enfrente y la de los reality shows abominables de la televisión. Pero, no lo duden, existe otra isla, que es la misma, pero mucho más feliz, luminosa, desenfadada y tranquila. Me di cuenta el otro día, cuando acudí a la charcutería alemana a comprar unas chuletas. Aquello era perfecto: un numerador establecía el orden de atención de los clientes, nadie hablaba, todo el mundo aguardaba su turno con serenidad. Me extrañó, parecía no encontrarme en mi propio país; y entonces caí en la cuenta de que muy pocas de las personas que allí se encontraban eran canarias. Se trataba de residentes alemanes que se aprestaban a comprar salchichas, a llevarse los filetes encargados con antelación o a adquirir mostaza fuerte, semifuerte o dulce. Para ellos, esta isla y probablemente las otras de este archipiélago, son un paraíso. Para nosotros se están convirtiendo en un infierno.
2.- Estos residentes alemanes, ingleses, nórdicos, poseen una pensión generosa, que les alcanza perfectamente para vivir. Por tanto, sin participar en la potajada política que nos sorbe el seso, disfrutan de una isla maravillosa, ven por satélite la tele de su país y les importa un coño lo que ocurre en su entorno. Es decir, han conseguido la felicidad porque, además, nuestro clima es gratis. ¿Saben ustedes cuánto me va a quedar de pensión cuando me jubile, después de que cumpla los sesenta y cinco, es decir, dentro de cuatro años?: pues unos 300 euros, más o menos. He cotizado cuarenta y tantos años para que me queden 300 euros al mes, por lo cual no me podré retirar jamás, sino que tendré que seguir trabajando hasta que me toque hincar el pico. Qué diferencia con los ejecutivos de los bancos, que disfrutan de unos planes de pensiones espectaculares, que pagan los propios bancos, y con unas primas hurtadas a sus beneficios que los hacen ricos a las primeras de cambio. La democracia ha sido injusta con los trabajadores. Si te pones a ver, Franco los protegió más. ¿Se atrevía alguien a echar un obrero en tiempos de la oprobiosa? Ni de coña. Ahora los indemnizas, y a la calle.
3.- Existen, pues, dos islas; la idílica del turista y del residente extranjero, que no se enteran de lo que ocurre en ella, y la que sufrimos los de aquí o los que siendo de fuera se integran en su vida social, política y económica. Mis pensamientos en la charcutería quedaron turbados por la llamada del carnicero, que cantaba mi número. Qué maravilla, si en vez de estar oyendo hablar de Santiaguito Pérez y de Las Teresitas la imaginación me trasladara a un pueblecito alemán, o sueco, o austriaco, ordenado y tranquilo, donde puedo pasear el perro, comprar un diario que no crispe y ver algo serio en la televisión, sin que me atraquen, ni me engañen. Salir a la calle me devolvió a la realidad. Estaba en la otra isla. En mi isla.
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