HUBO UN TIEMPO en el que en España convivían judíos, moros y cristianos. Hasta que llegaron los Reyes Católicos y, en un arrebato de integrismo religioso, expulsaron a los judíos y mudéjares, hecho que la mayoría de los historiadores ha calificado como de tremendo error que repercutiría en los tiempos por venir. Olvidando a posta episodios que han conformado nuestra historia, evitando así amargar la lectura a nuestros pacientes lectores, citamos uno peculiar atribuido a un gracioso personaje obrero del siglo pasado, quien afirmó que a España no la iba a reconocer ni la madre que la parió. Y así fue. Lo que sucedió es que olvidó describir en qué iba a consistir el cambio. Y el cambio terminó (no ha terminado aún) como el rosario de la aurora (es una expresión menos dura), hasta el punto de que hoy día habitan en la piel de toro, además del ciudadano de a pie, jueces y policías que van a la huelga (caso insólito) por mor de unas nefastas políticas llevadas a cabo por el ex minitro obrero-cazador Bermejo y el activo Rubalcaba; una nueva clase denominada "Imputados" y algunos pueblos con Rh de lujo (vascos y bereberes-guanches, según los últimos estudios). Indudable: España es diferente.
Al margen de jueces a los que les agrada formar parte de un titular (afortunadamente son pocos), los profesionales de la Justicia española lo son de una Institución respetable y respetada. Pero, mientras asisten a la formidable "austeridad" del Gobierno de Zapatero, vienen aguantando, sin alharacas, unas instalaciones caducas, un desbordamiento total de expedientes y unos medios prehistóricos. Bermejo no supo ver esto y sí la mirada asustada de un indefenso ciervo, lo que nada influyó para dejarlo corretear. Los policías nacionales, por otro lado, sólo se manifestaron por algo elemental: un salario digno, equiparable al de sus colegas autonómicos. El Rh de Sabino Arana lo dejamos en manos de los científicos que ahora lo relacionan con el de los primitivos canarios.
Porque es noticia en casi toda España, queremos dedicar aquí un espacio más amplio a ese proceso judicial que los abogados llaman "pena de banquillo" y que, como es sabido, conduce al descrédito social, a espectáculos bochornosos presenciados en plena calle y a una angustia personal muy difícil de imaginar... si no se está en el pellejo. Puede resultar, como así ha sido, que la mayoría resulte absuelta de delitos que no cometieron nunca. Pero el prestigio social, e incluso la salud, no se recuperan.
En Canarias, unos cincuenta cargos públicos han conocido la pena de banquillo. Muchos de ellos han quedado en libertad y sin cargos. De ahí la estupefacción de la sociedad que asiste a detenciones nada edificantes. Algo mosqueados, los "populares" han presentado en el Congreso una serie de iniciativas que tocan este espinoso asunto y que involucra a la jefa superior de Policía de Canarias y su predecesor, tras calificar de muy graves las denuncias formuladas por cargos policiales porque se refieren "no sólo a utilización partidista sino también a manipulación y prefabricación de pruebas o indicios para determinar actuaciones judiciales". Asimismo, manifiestan que las personas "fueron detenidas con cámaras de televisión, como si fueran delincuentes y luego fueron puestos en libertad". El acoso a los "populares" sigue. Ahora, en Madrid, con un caso absurdo puesto en circulación por un medio en dificultades económicas. El asunto del sastre de Camps es de risa, pero sintomático de que el camino elegido no es el adecuado. Al contrario, se presenta muy peligroso.
La pena de banquillo conduce al imputado a la soledad y, a veces, a la desesperación. Los poderes mediáticos, que anteponen el derecho a la información al de presunción de inocencia, condenan sin esperar la resolución del juez. Las filtraciones comienzan a preocupar porque únicamente pueden salir de determinadas fuentes. A veces, incluso, aparecen en algún medio de comunicación las conclusiones de la fiscalía. Luego, pasado un tiempo, se dicta sentencia y el protagonista de la pena de banquillo resulta absuelto. ¿Qué hacer, entonces? Muy poco, pues una declaración de inocencia no suele saltar a las primeras páginas de los periódicos. El daño, pues, queda bien grabado en la memoria del que ha tenido que conocer esta monstruosidad y en la de su entorno familiar. Habrá que buscar otras fórmulas.
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