MAÑANA ya no será otro día, porque mi entrañable amigo Mauricio Gómez Leal no estará en este mundo para pronunciar esa frase, con la que terminaba cada noche su comentario, que se hizo muy popular en todo el Archipiélago cuando el entonces director de la ya antigua y casi legendaria Radio Juventud de Canarias cerraba las emisiones de todo el día. Mauricio, que dejó la dirección de la radio para marchar a Venezuela a principios de los cincuenta, coincidiendo con la gran emigración canaria a aquel país en la posguerra civil, encontró abiertas en Caracas todas las puertas en que tocaba. Trabajó y hasta dirigió algunas emisoras de televisión y radio, dio clases en la Universidad Simón Bolívar y ocupó la vicepresidencia de la importante empresa publicitaria Ars Publicidad.
Por la amistad y consideración que le tenía el hombre de empresa don Rafael Tudela, propietario del hotel Tamanaco, el más importante y lujoso de Caracas, nombró a Mauricio miembro directivo del establecimiento y jefe de relaciones Públicas del mismo, cargo que desempeñó durante muchos años.
Mauricio vino a Tenerife, recién terminados los cursos de oficial del Ejército en los campamentos de la Milicia Universitaria, a efectuar las prácticas regimentales. Aquí se incorporó a su carrera de Magisterio y fue director de varios grupos escolares. Al tiempo, siguió y trabajó en su afición de toda la vida, que eran la radio, el teatro, en el que dirigió a varios grupos de aficionados, y en general, a todo lo que significara obras culturales y artísticas. El malogrado Luis López Espinosa, fundador y primer director de Radio Juventud de Canarias, nombró a Mauricio jefe de Programas, cargo del que pasó a director de la emisora cuando cesó López Espinosa.
Fue entonces cuando conocí a Mauricio y me hice amigo suyo. Cada vez que llegaba a Venezuela y me encontraba con Mauricio, y porque decía que no le pusiera los cuernos con el Caracas Hilton, me quedaba en el Tamanaco, donde Mauricio y yo repasábamos los buenos recuerdos de Tenerife. Cuando me sorprendió en Caracas el segundo de los golpes de Estado del siglo XX en Venezuela, el despacho de Mauricio en el Tamanaco se convirtió en un centro de comunicación con este periódico, por decisión y a veces con la ayuda del amigo.
Por otro lado, fue observatorio del aeropuerto caraqueño de La Carlota durante el ataque de aquella base aérea por parte de la Aviación rebelde venezolana. Fueron inolvidables, también, los ratos que viví junto al amigo, aunque nosotros preferíamos aquellos recuerdos gratos de nuestra entrañable amistad santacrucera con otro amigo común, también ausente ahora, que era el querido e irrepetible Opelio Rodríguez Peña, dos ausencias que tengo clavadas en el alma, una de ellas, la última, por su proximidad, tremendamente dolorosa.
© Editorial Leoncio Rodríguez, S.A. |Aviso legal | Mapa del sitio | Publicación digital controlada por OJD