CUANDO aparezca este artículo, Benedicto XVI ya habrá terminado su visita apostólica a Camerún y Angola. Y reafirmamos lo de "apostólica" porque todo lo que sea dar otra interpretación es falsear esta maravillosa realidad. Porque apostolado no es otra cosa que poner a las personas delante de Cristo (Mc 2, l-5).
El Santo Padre, en Camerún y Angola, con su palabra apostólica se ha hecho presente ante todo África. En un mundo -ya se nos dijo en el Vaticano II (1965)- que se presenta en muchos aspectos como pagano, "se impone a todos los cristianos la dulcísima obligación de trabajar para que el mensaje divino de la revelación sea conocido por todas las personas de cualquier lugar de la tierra".
Esta es la gran realidad de la presencia del Santo Padre en estas dos naciones africanas. Que todos sus habitantes conozcan y se comprometan en la misión de Cristo y de la Iglesia, que es vivir de la fe en el misterio divino de la creación y de la redención. Y de una manera directamente responsable, el pueblo creyente en todos sus niveles sociales y religiosos. Para todos ha dejado su mensaje. El mensaje de la Iglesia que él ahora dirige para estos tiempos: "Los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de los hombres de nuestro tiempo, sobre todo de los pobres y de cuantos sufren, son a la vez gozos y esperanzas, tristeza y angustias de los discípulos de Cristo. Nada hay verdaderamente humano que no encuentre eco en su corazón". ¿Y qué más humano que lo expresado por el Santo Padre en este encuentro africano?
"Pretender abrazar el continente africano entero:
- En sus miles de diferencias y en su profunda alma religiosa; en sus antiguas culturas y su fatigoso camino de desarrollo y de reconciliación; en sus graves problemas y sus enormes esperanzas.
- En no tener otra cosa que proponer y entregar a cuantos encuentre si no son Cristo y la buena noticia de su Cruz misterio de amor divino que vence toda resistencia humana. Este amor divino puede renovar también a África, porque genera una fuerza irresistible de paz y de reconciliación radical.
- En llegar a este continente preocupado por las víctimas del hambre, de las enfermedades, de las injusticias y de la violencia que, por desgracia, siguen afectando a niños y adultos, sin ahorrar a misioneros, sacerdotes, religiosos y voluntarios.
- En recordar que la Iglesia no persigue objetivos económicos, sociales y políticos, sino anunciar a Cristo, convencida de que el Evangelio puede tocar los corazones y transformarlos renovando así desde dentro a las personas y la sociedad.
- Para advertir fraternalmente que no se puede superar el problema del sida en África sólo con dinero ni con la distribución de preservativos, que, por el contrario, aumentan el problema. La solución pasa por una humanización de la sexualidad, una renovación espiritual y humana".
Este ha sido el gran mensaje, entre otros puntos doctrinales, de Benedicto XVI para una auténtica vida en la sociedad africana y en la de todos los demás continentes; por cierto, tan ignorado o mal interpretado en los MCS, salvo valiosas excepciones, en España.
Nunca olvidemos que la Iglesia así, en la voz de su vicario, evidencia su condición sobrehumana enseñando, mandando y obrando, con arreglo al Evangelio, en contradicción con los criterios, los intereses y las pretensiones mundanales humanas.
"La comunidad cristiana está integrada por personas que, reunidas en Cristo, son guiadas por el Espíritu Santo. La Iglesia, por ello, se siente íntima y realmente solidaria del género humano y de su historia" (Concilio Vaticano II. GS, l).
La historia ha demostrado que el poder de la fe es superior a todos los poderes de la incredulidad y de la impiedad. Con el solo poder de su fe en Jesucristo, la Iglesia sigue sobreviviendo, mientras sus sucesivos enemigos van muriendo sin conseguir eliminarla, matarla.
* Capellán de la clínica S. Juan de Dios
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