POCAS horas antes de que Paulino Rivero comenzara su discurso sobre lo bien, lo mal o lo regular que va este Archipiélago atlántico y atlantista -a lo mejor un día de estos me ocupo de lo ocurrido ayer, y lo que previsiblemente ocurrirá hoy, en el Parlamento de Canarias-, moría tranquilamente en su casa una enferma de cáncer; una joven de sólo 27 años. Un hecho triste en el ámbito personal y de los familiares de la difunta, aunque en absoluto destacable como noticia. Por desgracia, cada día mueren muchísimas personas jóvenes por causas naturales, accidentales o, simplemente, porque alguien aprieta un gatillo. El caso de Jade Goody, en cambio, es esencialmente distinto. No en vano resulta poco habitual que la muerte de alguien del arroyo -en Inglaterra se pertenece a la aristocracia, sea la que sea, o se vive en el arroyo- cause una declaración de condolencia del propio primer ministro. "Todo el país admiraba la determinación de esta mujer valiente en la vida y en la muerte para asegurar el futuro de sus hijos", señalaba Gordon Brown en un comunicado; aunque no. Con todos los respetos del Universo para Goody en su eterno descanso, de esta malograda chica nadie, salvo familiares y amigos cercanos, sabría nada en el día de su óbito si no hubiera participado en un programa de televisión para que la gente -¿quizá debo escribir aquí la morralla?- saciase su morbosidad viéndola a ella, y a otros muchos similares a ella, revolcándose en el fango de sus intimidades frente a una cámara de televisión. Lo demás es una heroína fabricada, como tantas otras y tantos otros, que los propios medios arrojan a la basura, como un pañuelo de papel usado, cuando ya no elevan las audiencias.
Supone un desatino escribir más de lo que se lee y también, por supuesto que sí, hablar más de lo que se escucha. Algo consustancial, posiblemente, con esta sociedad mediática en la que cualquiera quiere ser noticia por algo; no hay mayor ansia que conseguir a toda costa no ya los quince minutos de gloria apuntados por Warhol, sino al menos un mísero minuto opinando sobre cualquier cosa en la caja tonta. Basta ver el telediario de las dos, cuando le preguntan sobre algo a una doña -o a un don- sin más mérito que pasar en ese momento por la calle. Sobra decir que la culpa no la tiene ni el don ni la doña, sino el que le acerca un micrófono mientras otro graba la escena con una cámara.
No son, empero, las personas normales y corrientes las más proclives a participar en este circo. La inmensa mayoría prefiere realizar su trabajo, ya sea como el más humilde empleado de una empresa pequeña o como alto ejecutivo de una compañía multinacional, de espaldas al espectáculo cotidiano. Hay muchos hombres y mujeres de ciencia, por ejemplo, que contribuyen enormemente a resolver los problemas de este mundo, sin que jamás salgan en la tele ni lo echen de menos. Algo que no saben hacer los políticos; los de aquí y los de todo el mundo. Recemos por el eterno descanso de Goody, pero no la elevemos a ningún altar. Tan sólo ha hecho lo único que podía y sabía hacer para que sus hijos tengan una vida mejor que la suya. Lo cual, se mire como se mire, no es poco.
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