EXISTE un ligero matiz, en el que siempre incidimos, entre un editorial y un comentario. Consideramos que un editorial, como es el caso de hoy martes, contiene más esencia que un comentario, aunque tanto en uno como en otro arremetemos contra los agresores del Archipiélago. Agresores que son los metropolitanos, los dirigentes políticos canariones y los partidos estatales. Como decimos, para nosotros un editorial contiene más sustancia, más perfume, más profundidad que un comentario. Habitualmente reservamos los editoriales para los domingos y los martes de cada semana. En consecuencia, hoy nos toca editorial. Un editorial -fondo se llamaba antes, porque el editorial es el fondo del pensamiento de un periódico- que queremos dedicar a un tema no por muchas veces tratado, menos delicado de abordar. ¿Cuál es la diferencia entre un peninsular y un godo?
Para responder a esta pregunta desde nuestro punto de vista -repetimos, muchas veces expuesto- hacemos referencia a una carta que publicamos en nuestra edición de hoy. Una misiva que nos ha dejado asombrados y dolidos porque procede de un amigo; de una persona a la que apreciamos y que, a su vez, es apreciada en todo el Archipiélago. Un hombre al que, aun procediendo de España, nunca hemos considerado un godo sino un peninsular. Una excelente persona, como decimos, por lo cual su carta nos causa mayor congoja.
Jesús Rodríguez Manzaneque y Angulo, autor de la carta a la que nos referimos, es todo lo que dice que es. Profesionalmente, un excelente chef de cocina del hotel Mencey. Precisamente ayer nos visitó el señor Cañibano, nuevo director de este hotel, que ha coincidido con el señor Manzaneque, al que admira como una gran figura. En definitiva, Manzaneque es un peninsular y nunca será un godo.
Señala Manzaneque en su carta un párrafo específico de uno de nuestros comentarios: "Los godos desprecian a los isleños porque se creen superiores. No hay más que ver la actitud de los godos y peninsulares que soportamos en nuestra propia tierra. ¡Qué ínfulas! Todos vienen presumiendo de tener villas y cortijos, sin que en realidad tengan donde caerse muertos. ¡Y encima desprecian al pueblo que les da de comer! Muchos no comieron caliente hasta que llegaron a Canarias".
Aquí debemos reconocer un error gramatical que cambia algo las cosas. No quisimos escribir "godos y peninsulares", sino "godos y no peninsulares". Para nosotros, y por extensión para todos los canarios, hay una diferencia notable entre un godo y un peninsular. Y eso lo sabe, o lo debe saber, el señor Manzaneque. Persona, lo decimos una vez más, a la que apreciamos muchísimo. Por consiguiente, este párrafo que tanto le ha dolido no está referido al peninsular sino al godo. ¿Cómo es posible que piense que arremetemos contra usted, señor Manzaneque? Arremetemos contra los godos por sus aires de superioridad, de sapiencia y de hablar siseando para demostrar lo que son; para que los isleños sepamos que son godos y nos sometamos a ellos.
¿Sabía usted, señor Manzaneque, que en el pasado al godo se le conocía como el paisa? Paisa de paisano, suponemos. Al lado del godo actual, un paisa era un ángel. Por lo demás, cualquier canario sabe lo que es un godo y un peninsular. Debido a ello, en los contenedores de basura no se escribe "peninsulares aquí", sino "godos aquí". Son los godos, y no los peninsulares, a quienes detestamos. El día que Canarias sea una nación soberana no echaremos a los godos, pero les pediremos de buenas maneras que se marchen. En cambio, queremos que los peninsulares que así lo deseen se queden entre nosotros; que vivan entre nosotros y compartan nuestros anhelos e inquietudes y que, junto con todos nosotros, trabajen en paz por una sociedad mejor y más próspera. Eso es lo que hace la gente de bien: acoger a quien llega de fuera, siempre que desee vivir respetando la idiosincrasia del lugar, sin imposiciones ni petulancias porque ningún hombre está por encima de otro hombre, ni ninguna mujer por encima de otra mujer. El colmo de la bellaquería es venir de fuera a imponernos otra forma de vida. Ya ocurrió hace seis siglos con nuestros antepasados los guanches, sometidos vilmente por la fuerza de las armas. No pretenda usted, señor Manzaneque, que se repita ahora la historia.
Algún día le señalaremos, sotto voce, quienes son aquellos a los que consideramos godos de la peor calaña. De forma concreta, estamos pensando en cuatro dedicados al periodismo. A dos de ellos los padecimos en esta Casa. Uno nos resultó un traidor auténtico, que para infringirnos daño -algo que no consiguió- no dudó en embaucar a varios compañeros, a los que pronto dejó en la estacada. El otro logró engañarnos durante más tiempo. Le hacía creer a todo el mundo que era él, y no el editor/director, quien decidía la línea editorial e informativa de EL DÍA.
Esos dos godos se comportaron de forma vergonzosa y nos vimos obligados a lanzarlos. Uno salió de aquí "enmedallado", como decimos, después de hacerse pasar por el editor. No obstante, por muchas que fueran las medallas que consiguió que le impusieran con trampas, jamás pudo ocultar lo que en realidad era: un absoluto inútil. Un fresco y un suplantador. Si tuviera un poco de vergüenza, debería devolver las medallas y distinciones que consiguió sobornando y engañando a políticos y autoridades, y, al final, se entregó voluntariamente a Las Palmas. Las ideas de las que presumía no eran suyas -jamás ha tenido idea alguna en su cabeza-, sino de José Rodríguez; la persona que siempre ha dirigido, única y exclusivamente, la línea editorial de EL DÍA, con el norte de ser martillo implacable contra políticos indignos. José Rodríguez es, además, defensor de la soberanía de Canarias. Una aspiración legítima de este pueblo a la que se oponen esos godos.
De esos cuatro godos de la prensa quedan otros dos. Uno, maloliente y chantajista, ha conseguido cierta fortuna con sus malas artes. El cuarto ni siquiera sirve para bellaco, pues ha dejado arruinada a su empresa. Hace tiempo que quieren quitárselo de encima, pero no pueden debido a la quiebra sobrevenida como consecuencia de su larga y penosa gestión. Con todos nuestros respetos, señor Manzaneque, esos godos están de más en Canarias y en cualquier lugar. No es el caso, lo repetimos, de los peninsulares bienvenidos como usted.
En Canarias no sobra nadie que quiera trabajar por estas Islas. Lo decía José Campos González, un patriota al que entrevistamos en nuestra edición del domingo. El proceso de descolonización de las Islas, según explica, se hará poco a poco. Canarias para los canarios. Indudablemente, sí. Pero también para quienes sientan la esencia de este Archipiélago como lo hacen los canarios y que, a la vez, amen de igual forma a esta tierra. Como conclusión, peninsulares, sí; todos los que deseen estar con nosotros. Godos, ni uno, aunque a ninguno lo echaremos por la fuerza. Tan sólo le diremos "mándese a mudar".
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