CONSTRUIR un diccionario, no para embalsamar palabras, sino para recoger su pálpito, su pulso, es la enorme tarea que los catedráticos Dolores Corbella y Cristóbal Corrales se han impuesto. Estos grandes lexicógrafos son, en el decir de los palmeros, personas con tanchel, es decir, seres con juicio y formalidad.
Como bien saben, las palabras viajan con las personas. Mi apellido portugués, Arvelo, me delata. Provengo de una familia campesina de Madeira que partió hace cerca de cinco siglos con magua, trayendo junto a su modesto equipaje palabras que enriquecieron nuestra lengua.
Así: las trevinas amarillas dibujaron nuestro paisaje en el invierno, junto al hinojo que entallaba junto al camino, y aventábamos semillas en los surcos de la tierra, para luego comer sus frutos: la arveja, la batata, o el bubango. La memoria guarda recuerdos del niño que se guarecía en el alpendre los días lluviosos, y si esa lluvia era fina la llamábamos sorimba.
Un diccionario nos explica porque, como han dicho los profesores Corbella y Corrales, "el hablante nunca se equivoca, utiliza y adapta la lengua a sus necesidades de comunicación".
Celebro la publicación de este "Diccionario ejemplificado de canarismos", en colaboración con el Ayuntamiento de La Laguna y la Dirección General del Libro, y felicito a sus autores, en lo que supone un generoso esfuerzo por dar luz al hecho diferencial de nuestra lengua y pone en valor al Instituto de Estudios Canarios, con quien colaboramos regularmente.
* Presidente de CajaCanarias
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