EsTABA YO en segundo año de carrera en la Escuela de Ingenieros de Minas de la calle Ríos Rosas madrileña, donde sigue ella, inasequible al desaliento, aunque cualquier parecido con la que yo conocí sería mera coincidencia. Ha cambiado hasta la forma de dar clase y la de estudiar, el que lo haga, si es que los estudiantes tienen tiempo con tanta distracción posible como tienen ahora. Europa y el mundo estaban entonces en guerra de verdad, que había empezado cuando terminó la nuestra entre hermanos, que ahora se pretende, bajo el punto de vista histórico, naturalmente, resucitar por los que la perdieron. Los que estábamos en edad militar gozábamos de la prórroga por estudios y en la que llevaba yo mis dos añitos, y recuerdo que me tallaron un par de años antes estando en la pensión Amiano. Pero un buen día llegó una movilización general en nuestra patria y nos metieron a todos los que estábamos en esas condiciones en el cuartel. ¿A qué se debió esa movilización que duró un par de años? Yo tenía mi sospecha, pero me lo aclaró puntualmente mi amigo de siempre y en su día general togado Pablo Matos, pozo de ciencia de acontecimientos tinerfeños y militares. Al parecer, y desde la entrada en la guerra de los americanos, se esperaba un desembarco de fuerzas aliadas en Marruecos y el mando militar de nuestro país debió pensar que este era inminente y ante la perspectiva de tener contendientes por el norte y el sur de la Península, decidió, digo yo, prepararnos por si a alguien se le ocurría meterse en nuestra casa.
Así que, ni cortos ni perezosos, nos mandaron a los que estábamos en edad militar al Regimiento de Ingenieros que estaba en los terrenos próximo a la Ciudad Universitaria (donde, por cierto, un ingeniero de minas se ganó una Laureada durante nuestra contienda), en el que nos encontramos estudiantes de las diversas Escuelas de Ingeniería de Madrid, especialmente numerosos los de Caminos y los de Industriales y en menor escala los demás. Nos pasamos una primera semana, quizás algo más, durmiendo en aquellas amplias salas, hasta que se nos autorizó a dormir fuera del cuartel, el pernoctar que llaman, aunque pronto llegaron los exámenes que para mí supusieron dos suspensos que me amargaron el verano que se acercaba. Aunque no demasiado amargado, porque en el Regimiento se había formado un equipo de natación constituido por estudiantes, del que yo formaba parte como nadador de braza, ya que tenía cierta experiencia como integrante que había sido en los años 38 y 39 del equipo del club Náutico que entrenaba el inolvidable Acidalio Lorenzo, por cuyo motivo íbamos determinado número de tardes a la piscina del Club donde nadaba Manolo Martínez, el famoso campeón de espalda al que venció Alfonso Weller en la conocida como "batalla del Atlántico" de los 100 metros espalda en los campeonatos de España de Natación del año 1942, con que se inauguraron las nuevas instalaciones del Club Náutico de Santa Cruz. La razón de aquel equipo era la celebración de unos campeonatos militares en los que participó nuestro regimiento, con suerte diversa, si bien en la prueba típicamente militar como era la travesía de la piscina con el equipo militar completo alcanzamos el puesto de subcampeones de la 1ª Región Militar, yéndose el primero a la Academia de Infantería de Toledo. Esto de meter a los soldados en el agua con la vestimenta y el armamento completos debe ser muy militar, porque en los campamentos de Milicia Universitaria que pasé en Hoya Fria, una de las pruebas que hacíamos en la piscina del Balneario, única existente entonces en la isla, era la de atravesar de esta guisa la piscina.
Pero con unas y otras cosas no había quien estudiase, y entonces se le ocurrió a mi padre hablar con el entonces creo que coronel o general de ingenieros don Luis Martínez, gran aficionado y socio del Club y padre de una célebre campeona tinerfeña de natación, y éste sentenció que lo mejor era que me diesen un permiso, que él consiguió, que me permitiese ir a Santa Cruz como un mes y así poder estudiar. Pero como eso de permisos en una movilización no debería ser muy lógico, la solución fue darme por enfermo y mandarme a atender a Santa Cruz, eso sí, ¡al Hospital Militar!, donde me pasé la mayor parte de mi estancia en la isla, con un aprovechamiento relativo. Cubierto el mes, vuelta a Madrid, nueva presentación en el cuartel, exámenes de resultado no del todo satisfactorios y comienzo del nuevo curso, justamente cuando los que habíamos solicitado el ingreso en la Milicia Universitaria recibimos la comunicación de haber sido admitidos para la convocatoria del año, con lo cual cesamos en el régimen de movilizados.
No he vuelto a ir al cuartel de Ingenieros, cuyo edificio sigue en su mismo sitio pero dedicado a otros menesteres. Han pasado 65 años desde entonces, pero recuerdo bien de él sólo algunas cosas, como la de un corneta que era mariquita y la de un sargento que le dio un bofetón a un alumno de la Escuela de Caminos porque éste, estando la compañía formada en el dormitorio, respondió a algún comentario no justo (y que no recuerdo) del sargento que estaba de semana en aquella ocasión. Y obviamente, las salidas a la piscina para entrenar, que se convertían así en los mejores días de aquel verano del 44. Y de mis pensiones madrileñas, ¿qué se hizieron?, que diría Jorge Manrique en las coplas a la muerte de su padre. De aquella de Nicasio Gallego pasamos Eloy y yo a otra de la Glorieta de Ruiz Jiménez, como les contaré otro día, Dios mediante.
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