ALGUNAS VECES caigo en cierto estado de melancolía acerca no ya del país en el que vivo, sino respecto a la sociedad que me rodea y nos rodea. Sociedad, sobra decirlo, de la que también formo parte. En esos momentos me doy a una crítica destructiva que siempre acaba con un calificativo escatológico; una palabra fea que hoy, domingo, prefiero omitir. Término, en cualquier caso, sustituible con eufemismos no tan mal sonantes: país penoso, esperpéntico, grotesco, etcétera. O país de risa; forma igualmente acorde con los buenos modales para expresar, lisa y llanamente, que nos hemos convertido en una sociedad de coña. Y paso a contarles la razón de este prolegómeno.
Hace unos días me pidió un amigo que lo acompañase a determinada oficina pública. No voy a especificar si era una dependencia de la Administración estatal, autonómica o municipal. Simplemente, y en eso me quedo, una oficina pública. Cuando llegamos pregunté por un funcionario al que conocía y que, supuestamente, podía agilizar el trámite que necesitaba mi acompañante. "Está de vacaciones", me dijo una señora que merodeaba por allí. Merodear es el verbo adecuado. "Enseguida los atiende otro compañero". Acto seguido, aquella señora y otras dos se pusieron hablar del gato de una de ellas. Un gato de nueve años que, según lo que pudimos entreoír, tenía dificultades para comer porque había perdido casi todos los dientes. Lástima que todavía no tengamos odontólogos para los felinos. ¿O sí?
A medida que transcurrían los minutos, sin otra opción para nosotros que asistir como involuntarios espectadores a una conversación gatuna, aumentaba de forma exponencial el cabreo de mi amigo. "Mételes un viaje a estas tipas en un artículo", me conminó. "Joder, esto es descarado". Al final llegó otra funcionaria que nos atendió con diligencia. Cinco minutos después habíamos terminado. Cinco minutos de gestión, pero quince enterándonos de los problemas de un felino viejo.
No obstante, como la insistencia de mi amigo por el artículo con el palo a las tres empleadas públicas continuó cuando ya estábamos en la calle, al final decidí dedicarle unas líneas al asunto días después. Eso sí, para no escarnecer a nadie señalándolo con una evidencia, cambié de animalito. En vez de un gato, hablé de un perro.
Cuánta no sería mi sorpresa cuando ayer encontré un airado mensaje de, al parecer, una empleada del Ayuntamiento de Santa Cruz que trabaja en una de las oficinas descentralizadas -una oficina de barrio- en la que no he estado en mi vida. "Soy esa funcionaria de la cual habla usted en el artículo "El mejor apoyo a un parado", me dice en su misiva. Antes de continuar me identifico, soy? para que vea que no me escondo, ni tengo miedo de personas como usted y de sus comentarios. Puede ser que le suenen mis apellidos de algo, eso descúbralo usted". Kafkiano, pero lo mejor está por llegar. "Sí, hablaba de mi perrito, que no chucho", añade. "Hay otras personas como usted que las calificaría de chuchos, ya que veo que usted no tiene ningún reparo en sacar conversaciones privadas de las cuales no ha sido testigo". Por supuesto que no. Nunca, insisto, he estado en esa oficina municipal santacrucera; ni siquiera sé donde está. Lo que oímos mi amigo y yo fue una charla sobre un gato. Esto es como entrar en un salón abarrotado, decir en voz alta, aunque sin señalar a nadie, "aquí hay un felón" y ver como entre los concurrentes se levanta un señor furibundo para increparnos por haberlo insultado. "En el momento de esa conversación -añade la funcionaria capitalina- yo estaba en mis veinte minutos de desayuno. En esos 20 minutos yo hablo de lo que me da la gana y no le tengo que dar explicaciones ni a usted ni a nadie". Claro que no, mujer; claro que no. Ni a mí, ni siquiera a su mala conciencia. En fin, para troncharse de risa. Sobre todo con la reflexión final de la no susodicha: "Me encantaría poder averiguar cual ha sido su fuente de información para decirle cuatro cosas. Lamentablemente, creo que nunca me voy a enterar de quien es. Probablemente sea alguien con cara de santurrón".
Vaya usted a saber.
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