LOS MENORES gozan de una protección excepcional en España. Supongo que eso es lo adecuado, tanto desde el punto de vista jurídico como del social, en una democracia moderna. Sin embargo, a veces albergo algunas dudas. Y no soy el único. Dudas de que esa sobreprotección signifique, en la práctica, una patente de corso para cometer acciones que le acarrearían serios problemas a quien haya cumplido los dieciocho años. En cualquier caso, no lo discuto. Si bien un porcentaje reducido de los menores tan generosamente amparados por nuestra legislación utilizan esa circunstancia para ponerse el mundo por montera, no es menos cierto que la inmensa mayoría se comporta de una forma aceptablemente correcta.
No quiero decir que el problema resulte inexistente. El problema de la indisciplina, cuando no de la delincuencia más brutal, es tan real como la diaria salida y puesta del sol. En el primer caso, la desobediencia en las aulas ha llegado a niveles alarmantes; lo demuestran los centenares de profesores de baja por depresión en todo el país. Sobre la delincuencia, con frecuencia tan brutal y despiadada como cubierta por esa legislación a que me refería al principio de este artículo -la ley que no persigue, tolera; y quien tolera, de alguna forma protege- tenemos un triste ejemplo en el caso de Marta del Castillo. Después de que el Estado, cuyas arcas se llenan con nuestros impuestos, se haya gastado lo que no está escrito para buscar su cadáver en el Guadalquivir, a dos señores uno de quince años y otro de diecinueve, que hasta ayer tarde era igualmente menor, se les ocurre decir que no arrojaron a la víctima por un puente; simplemente, la tiraron a la basura. Y vuelta a empezar, a ver si por fin aparece el cuerpo debajo de 40.000 ó 50.000 toneladas de basura. Increíble.
Sería inadecuado, empero, utilizar este caso para rasgarse las vestiduras sobre lo que está ocurriendo con la adolescencia -y hasta con la infancia- tanto en España como en otros países. Independientemente de la formación y el grado de cultura democrática de un país, mientras haya criminales, habrá crímenes. Por ahí, desgraciadamente nada nuevo bajo el sol. Lo que no entiendo son otras modernidades. Verbigracia, qué hace una niña de catorce años, a la sazón novia del mayor de los dos presuntos asesinos de Marta del Castillo, conviviendo maritalmente con éste en casa de sus propios padres. Es decir, con pleno consentimiento de sus mayores.
De vez en cuando acompaño a los cámaras de televisión cuando están haciendo un reportaje o documental en el que intervengo. Cada vez que toman imágenes en una calle procuran, hasta el paroxismo, que ningún menor entre en el plano. Y no un menor de tres o cuatro años; filmar a esa misma adolescente de catorce años, en cuya cama se metió -como cada noche- un fulano con las manos todavía manchadas con la sangre de otra adolescente, y se metió a escasos metros de la cama de sus padres, filmar a esa menor, como digo, puede acarrearle serias consecuencias legales al imprudente que lo haga, a poco que sus progenitores quieran hacerle la vida imposible. Claro que no es lo mismo salir en la tele que amancebarse a los catorce. En caso contrario, no viviríamos en un país de locos.
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