El silencio de Eluana
Cuánto entrometimiento, sin límite ni consideración alguna, en la vida de la que nadie es dueño. Una mujer postrada; su existencia, anclada en un momento de su juventud en el que se detuvieron sus pensamientos, su sonrisa, su voz y sus manos, pero no su vida. Al parecer, el resto de sus congéneres no se lo podía perdonar. Nadie la consideraba una persona, sólo alguien "en estado vegetativo" que vivía gracias a mecanismos de asistencia artificial. Nadie tampoco se preguntó si tenía dignidad o sentimientos; apenas se le concedió conservar su nombres de pila para poder identificarla cada vez que se seguía su historia en los medios. Después de todo, no se trataba de una vida humana: para la prensa era sólo un titular; para los archivos un número de expediente; un "caso" tanto para médicos como para abogados.
Esa mujer (entiéndase ser humano, persona, hija de su padre y una madre, y dueña de su corazón que aún latía y un espíritu que no había abandonado su cuerpo) yacía en su cama de hospital mientras los legisladores debatían "su caso". Protestas, manifestaciones en contra y a favor, deliberaciones en el Senado, opiniones de los jueces de turno, familia contra desconocidos, historia de dominio público, antecedentes parecidos para compararla, encuestas, un país entero que se divide, y quién sabe cuántas consecuencias más habrá desatado su infeliz destino desde aquella habitación.
Cuánto entrometimiento, sin límite ni consideración alguna, en la vida de la que nadie es dueño, pero de la que todos se sintieron con derecho a decir algo. Mientras tanto, ella, la durmiente y siempre joven Eluana, con su mente y voluntad ajenas a todo cuanto ocurría, no tuvo otra opción que prestarse a la manipulación de otras voluntades ávidas, no pudiendo impedir que otros decidieran el día y la hora en que terminaría, al mismo tiempo que su vida, el revuelo que ella sin saberlo ni quererlo había ocasionado, por el solo hecho de ser víctima de un desgraciado accidente.
A los "justicieros", esos que necesitaban demostrar quién ganaba la contienda, no les bastó con que Eluana entregara su juventud y sus sueños al vacío de la inmovilidad forzosa, de un lecho frío y silencioso donde, para los demás, ella solamente existía. No, ellos iban por más: no descansaron hasta que ella les entregó lo único que le quedaba: su cuerpo, y así la hicieron mártir. Pero éste, agonizante, no les pidió permiso para despojarse del alma que lo revestía. Esa alma tuvo la suficiente altura para retirarse de la escena antes de que alguno de los que se disputaban la presa se pronunciase ganador. Cabría preguntarse quién de ellos podrá mirar al cielo estrellado y respirar profundo con aire de satisfacción, sintiendo que triunfó.
Cristina Brito de Palikian
Reflexión sobre el aborto
Sin pretender controversia, puede ser ésta una reflexión de urgencia sobre un tema arduo y complejo: el aborto. Tratar este asunto supone adentrarse en "ríos de tinta", vertidos y que expolean las conciencias.
Más allá de credos religiosos que puedan profesarse, los cristianos lo tenemos claro, la ley mosaica completada con la buena noticia de Dios de la Nueva Alianza: ¡No matarás!
Pero rebasar la "línea roja", en otro orden de cosas, sería introducirnos en el tema que nos ocupa: transgresión de la Ley Natural.
¿El derecho a la vida es exclusivo de la voluntad de una posible madre, o, también, de la sociedad?
En toda sociedad que se precie de civilizada, con rostro humano, puede herir sensibilidades si no se tiene capacidad de reaacionar.
Resulta paradójico que un amplio sector del tejido social esté contra la aplicación de la pena de muerte por el Estado y, sin embargo, no se movilice masivamente contra matar a la criatura humana desde su concepción. La cultura de la muerte está servida.
El drama humano de la mujer que esconde el embarazo no deseado es desgarrador. No se trata de juzgar y menos de buscar culpables.
Matar libremente cuando no interesa la criatura humana provoca una meditación en profundidad.
En lectura positiva, erradicar las causas que conlleva esa situación exige soluciones realistas y eficaces y ayuda a la mujer siempre.
Afecta a madres frustradas, posibles padres, entorno familiar y la sociedad en general.
Una buena dosis de madurez en el ejercicio de la responsabilidad compartida y mucho más cuando la principal afectada es precoz.
Siempre se puede apelar, confiando en la esperanza, a la sensatez del pueblo, a su "talento natural" y a la experiencia de vida; forjada en el crecimiento humano, no tan simple e irreflexivo, en tantas situaciones que claman al cielo y que son de por sí dolorosas para la colectividad.
Nicolás Díaz de Páiz
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