ESTUVE días pasados en Santa Cruz. Cosas de médicos, ya saben. Pero dispuse de tiempo suficiente para visitar despacio el Parque Municipal y la Plaza de España, tan distintos uno y otra, aunque no voy a entrar en detalles, para evitar conflictos con quienes opinen de modo diferente. Cuando escribo la palabra conflictos, me refiero inevitablemente a conflictos políticos. Allá cada cual. Sí me sorprendió mucho no encontrarme por la calle de La Marina ni un solo limpiabotas. Pregunté a un joven que vi en una esquina, sin dar golpe y explotó como un petardo de falla valenciana:
-Se ve que eres un tío de derechas.
No me sorprendió el tuteo porque, aunque yo podría ser su abuelo, por poderosas razones de edad, esto de tutear a las personas mayores y desconocidas resulta ya imparable, como la corriente de las cataratas del Niágara. (Muchas veces lo ha dicho doña María Rosa Alonso). Pero no entendí la relación que podía existir entre un limpiabotas y "un tío de derechas". Hasta que recordé un libro que leí hace algún tiempo y en el que se decían palabras parecidas a las del joven desocupado de la esquina santacrucera.
Cuando llegué a casa, traté de buscar el libro, cuyo título no recordaba, aunque sí su autor. Lo hallé al fin y, en efecto, en la página 70 de "Diario de un snob", de don Francisco Umbral, escrito en 1973, se dicen cosas que voy a copiar para ustedes. (Antes les recordaré, por si lo han olvidado, que el Sr. Umbral fue siempre un hombre de izquierdas, a lo que, por supuesto, tenía perfecto derecho). También tenía derecho a escribir esto:
"Trabajar en la belleza de los demás nos parece una de las maneras más humillantes de trabajar (...) ¿Cómo se puede pasar una vida recortando las cutículas o cepillando los zapatos al prójimo...?".
Paso a la página 71 y, como a don Francisco no se le ha terminado el cabreo -como dice mi sobrino Lolo-, sigue con su estallido de rabia, ya difícilmente contenida:
"Es metafísicamente monstruoso que alguien deba ganarse la vida lustrándole los zapatos a...".
Pero hay, dentro de esos trabajos que desarrollan diariamente personas modestas, categorías diferentes, a juzgar por esto: "No es lo mismo hacerle la permanente a doña Pura que rebanarle los callos a un ex ministro". No sé si el escrito pretendía diferenciar los callos de la permanente o a doña Pura de un ex ministro. Él no quiso aclararlo, aunque es posible que lo del ex ministro le doliera más.
Difícil me resulta adivinar si el notable escritor madrileño leyó alguna vez a Neruda. Concretamente lo que el poeta chileno escribió en la página 65 de su libro "Confieso que he vivido". Las palabras de Neruda no gustarían a Umbral si es que llegó a leerlas, porque hay antagonismos fácilmente perceptibles. Las palabras son éstas:
"Previamente nos habíamos hecho lustrar los zapatos y lucían como espejos".
Todo el mundo sabe que Neruda fue siempre un hombre de izquierdas. Y, sin embargo, alguna vez se hizo lustrar los zapatos por otra persona. Quiere esto decir que el joven a quien pregunté por un limpiabotas en Santa Cruz estaba -políticamente, al menos- más cerca del señor Umbral que del Nobel chileno. Son cosas que pasan y uno no puede remediarlas.
¿Es, de verdad, humillante que un hombre se gane la vida lustrándoles los zapatos a los demás? Considero más desagradable (pero tampoco humillante) desatascar una fosa séptica. Y no creo que resulte grato a un médico pediatra darse cuenta de que un niño de tres meses le ha ensuciado las manos y no precisamente con betún. ¿Es agradable el trabajo de las enfermeras? ¿Y el de un digestólogo? ¿Y el de un urólogo?
Me parece que don Francisco Umbral llevó las cosas un poco lejos cuando, creyendo que hacía un favor a los limpiabotas, los humilló con sus palabras. Tal vez por ese afán tan suyo y tan irremediable en su día, de mezclar la política con todo. Y con todos. Detalle que, como he dicho ya en otra ocasión, le fue afeado por su amigo, también gran escritor, don Camilo José Cela.
La próxima vez que visite Santa Cruz no preguntaré por un limpiabotas. Para que no me tutee quien no me conoce, y para que no me encuadren políticamente en un extremo u otro.
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