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LAURA GARRIDO, Santa Cruz
Activo, sonriente y con un punto de ingenuidad. A primera vista cuesta creer que Virgilio tenga 79 años. Aún conserva muchas ilusiones. Se le nota en el brillo de los ojos. A su edad, asistir a la universidad es casi cumplir un sueño, resarcirse por fin de esa espinita clavada por no haber podido cursar en su momento estudios superiores.
En La Palma, ocho personas acuden a la Universidad para el Mayor, una iniciativa que parte de la Universidad de La Laguna (ULL) y que comenzó el pasado mes de octubre, aunque la inscripción se mantiene abierta todo el año. Las clases están dirigidas a personas de más de 45 años y, en contra de lo que pueda parecer, no es necesario tener ningún tipo de estudios reconocidos para recibir enseñanzas de una variada temática. Virgilio Brito es el "abuelo" del grupo, pero no por eso es el más tranquilo. Mantiene su espíritu reivindicativo e inconformista bien conservado. "Hay que renunciar a algunas comodidades si no te quieres ver cargando con bolsas de medicamentos", aconseja.
La ULL empezó esta experiencia en el año 92 con tan solo dos asistentes. Hoy cierran la matrícula con mucha antelación porque no pueden atender la enorme demanda de alumnado y han tenido que abrir otra sede en el municipio de Adeje, en Tenerife. No hay actas ni notas oficiales. Lo importante son los conocimientos, no las calificaciones. El coste de la matrícula es de unos 93 euros para cinco asignaturas por cuatrimestre, que abarcan formación como Historia del Arte, Introducción a la Filosofía y Perspectivas Sociales sobre las Personas Mayores en España.
Pero lo más importante, sin duda, es charlar con otras personas y compartir las enseñanzas que han ido adquiriendo en la " escuela de la vida". "Es una experiencia contraria a lo convencional; aquí los que más aprenden son los ponentes", explica María Teresa Rodríguez, la directora provincial de la Fundación Lidia García, la entidad a través de la cual se gestionan estos cursos en La Palma. "Somos una isla muy mayor y deberíamos estar mucho más involucrados con este tipo de actividades" porque, dice, "resultan muy reconfortantes para todos los que participan".
Los docentes vienen desde la ULL e imparten sus clases en el Centro de Profesorado de Santa Cruz de La Palma una semana al mes. Esos días, Virgilio necesita tomar una guagua al mediodía desde su pueblo, Tijarafe, para llegar a las cuatro de la tarde al centro de la capital. Además, como las clases terminan cerca de las nueve de la noche, no hay un servicio de transporte público con el que regresar a su casa, con lo que se vio obligado a pedir ayuda a un amigo, quien le cedió un alojamiento más cerca, en Breña Baja. Asegura que conoce personas de su círculo interesadas en la Universidad para el Mayor pero, "sin guaguas en las que moverse fácilmente, esto es una locura".
A pesar de estas dificultades nada mina su entusiasmo por aprender. "Ya de pequeño decían de mí que era un muchacho muy preguntón". Además, una vida como la de Virgilio, viajero incansable unas veces por placer y otras por obligación, ha salvado situaciones mucho más difíciles. Agricultor de profesión y devorador de libros como afición, tuvo que emigrar a Venezuela como tantos otros canarios. De allí se fue a Estados Unidos, donde se han quedado sus seis hijos y su esposa. Pero Virgilio es demasiado activo para permanecer, como él dice, "cuidando nietos", así que cumplió a los 67 años su deseo de volver a su tierra con un equipaje cargado de recuerdos de valor incalculable.
Sólo escucharle ya es una lección de historia. Pero de historia de la vida, de esas que no se olvidan. El incansable Virgilio preside la Federación Palmera de Asociaciones de la Tercera Edad y está muy ilusionado con una actividad que pondrá en breve en marcha y que pretende romper la barrera de comunicación que él ve entre los jóvenes y los mayores.
Su lista de proyectos de futuro es muy larga. "No me dará tiempo de cumplir todas mis inquietudes", dice. Se confiesa un adicto a la prensa, "aunque no llega a Tijarafe hasta después del mediodía", bromea. Virgilio no quiere perderse ni un detalle. No tiene miedo a nada porque, dice, morir también es ley de vida.
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