En este artículo se habla de cómo se ha eliminado el trabajo de "nacionalismo" de Mercedes Pinto, causa principal para que intentaran deportarla a una prisión mixta de Fernando Poo, y nunca por las causas del divorcio y liberación de la mujer que hoy se esgrimen como causa principal.
HoY escribo, con la honda tristeza con la que tecleábamos los periodistas en las viejas Olivetti cuyos folios se adentraban en un saco camino de las censuras de Primo de Rivera o las franquistas, para retornar, algunos, manchados los renglones por un grueso sello de tinta morada donde dentro de un rectángulo se leía: "Censura".
Hoy lo hago, porque retorno de vivir una dramática censura montada, ignoro por quién, pero cuyas "tijeras" deben de haber estado en manos de políticos interesados en ocultar verdades, en prensa canariona que atiende a intereses o subvenciones o, lo más triste, por los pocos que se creen canarios españolistas y tratan de impregnar a un pueblo valiente, como el canario, en segmentos de miedo, cobardía y dudas ante un futuro de libertad que jamás pudiera ser más floreciente.
Si alguien piensa o se deja creer que esta crisis que vive el mundo va a ser corta, se equivoca, y quienes primeros podrán emerger serán las naciones, pequeñas pero libres como puede ser Canarias.
Lo hago, porque el impresionante despliegue cultural, merecidamente montado, de una de las mujeres grandes, más grandes de Tenerife, concretamente nacida en la ciudad de La Laguna el 12 de octubre de 1883 -recordemos que La Laguna fue capital de la isla hasta 1723- y como es natural de nombre Mercedes Pinto, no está recibiendo ni una décima parte del recuerdo que se merece, muy a pesar de los altísimos costes económicos aplicados por el Gobierno de Canarias, y que está destinada para recorrer las siete islas.
¿Quién amputa o censura hoy la historia en Canarias? ¿Bajo qué ordenanza o criterio se ha montado todo este merecido, pero intencionadamente cortísimo o desviado, homenaje de la mujer a la que tras su llegada a Madrid se le denomina "La poetisa canaria", porque eran tan sólo sus inicios?
¿Por qué se ocultan más de mil verdades posteriores de fuerza, entusiasmo, sentido de libertad, vergüenza de haber padecido la niñez y la juventud en la "cárcel" de una colonia canaria, estar sometida a leyes tan lejanas que desconoce, y lo más humillante de todo, tener que buscar refugio en una pequeña tertulia de la gran metrópoli situada en el Café Universal, donde por primera vez comienza a crecer gracias a que la reciben Miguel de Unamuno y Pérez Galdós y la tratan, más que como a una igual, con extremo cariño y admiración por ser canaria?
¿Por qué se centra todo un impresionante despliegue en alabar, siempre con justicia, su labor literaria en defensa de la mujer, en defensa de la obrera, en ensalzar los paisajes tinerfeños que la embrujaban, en ese Teide que le proporcionaba a la par admiración y terror, en sus poemas, y en su amplia guía de viajes por medio mundo?
¿Por qué se han omitido, deliberadamente, toda su trayectoria, la más vital, junto a los miembros del republicanismo uruguayo a finales de los años veintinueve, donde fundan entre ella y el desterrado político Rodrigo Soriano la denominada Asociación Republicana Española en Montevideo y donde gracias a la fe y el entusiasmo de Mercedes Pinto se comienzan a planificar, de forma exhaustiva, todos los planes y posibilidades para que dejando Canarias de ser una colonia española para el provecho exclusivo de los Borbones, y como postre de la Península y su metrópoli, se pueda convertir en un país, pequeño pero soberano, y donde no hay lugar a dudas que la capital al mando y cuidado de las siete islas tiene que ser en la capitalidad tinerfeña?
Se ha omitido, se ha censurado o se ha amputado el cincuenta por ciento más trabajado e importante de toda su carrera, que en definitiva fue su vida entera.
Se evita la política nata que, como más adelante veremos, grita que quiere una Canarias soberana, que arranca con una conferencia en México diciendo: "Estoy aquí alegre y triste a la par, ya que me gustaría estar en Tenerife, pero no quiero hacerlo mientras siga siendo España".
Una intelectual que les asegura a grandes compañeras como Carmen Baroja, María Teresa León, María Zambrano o Carmen de Burgos (Colombine): "He nacido en una tierra fértil en amor y tierna en amistad, más desprecio la España de un dictador como Primo de Rivera, o los amos de las fincas del Atlántico que son los Borbones".
Una niña que desde su más tierna infancia y mientras su familia celebra los triunfos de España en la Guerra de la Independencia de Cuba, que costaron la vida a Antonio Maceo y José Martí, ella se siente muy apenada por esas muertes (en la madurez, con notable independencia de la concepción patriótica y vergonzosamente colonial, afirmaría que: "Martí era bueno porque la patria de Martí no era España, era Cuba)".
La niñez de Mercedes Pinto transcurre en el domicilio de la casona de la capital de Santa Cruz, tras la prematura muerte de su padre, Francisco María Pinto, un personaje de incalculable valor intelectual en Tenerife -recomiendo conocer su obra en la Biblioteca Municipal titulada "Obras de Francisco María Pinto (1888) con prólogo de otro ilustre canario Benito Pérez Galdos- porque les encantará.
Aquella trágica muerte producida por una tuberculosis que empañaba de sangre almohadas y sábanas ante los atónitos ojos de la niña, la llevó a escribir:
"¡No debiste morir! Tú me dejaste
desamparada y sola en esta vida,
cuando apenas nacida,
al humano rencor abandonaste
mi alma infantil por la orfandad herida".
Diferente a todas sus compañeras de colegio, a Mercedes le fascina la obra de un auténtico defensor de los obreros como era Pablo Iglesias, el creador del Partido Socialista Obrero Español que, por cuestiones económicas, solo pudo comprarse un abrigo en toda su vida. ¡Similar trayectoria consumista a la de nuestros políticos actuales!
En una conferencia en Montevideo, el 19 de diciembre de 1925, relata: "Recuerdo que yo amaba la figura política de ese gran hombre, sin saber por qué, y que un día, a la edad de doce años, le envié una carta entusiasta, a escondidas de mi madre y que le decía en ella: A mí me enseñaron a rezar a los santos, pero yo le rezo a Vd., sin que nadie lo sepa".
Pues bien, a esa carta contestó el gran hombre, con una sepia fotografía de los altos hornos de Bilbao, y estas sencillas palabras escritas de su mano: "Niña, te envío las gracias, y piensa siempre en que los pañuelos de las mujeres buenas, como tú, pueden enjugar el sudor de los que trabajan aquí dentro".
Antes de abandonar Canarias -en el próximo capítulo les contaré las causas auténticas que la alejaron del paisaje que ella amaba y admiraba-, les diré que a lo largo de toda su vida tuvo un emotivo recuerdo para una prestigiosa familia canaria: los Zerolo, primero por la proximidad de sus casas, después por la admiración que siempre mostró su padre, Francisco María Pinto por ellos. En tertulias madrileñas con personajes de la categoría del filósofo José Ortega y Gasset y Cristóbal de Castro, les hablaba con absoluta impresión de esta saga de grandes médicos e intelectuales tinerfeños.
En esta España, a la que aún pertenecemos, es costumbre habitual que el pueblo, conducido por la prensa carroñera, amarillista y lógicamente desmesuradamente interesada, condenen, sin piedad y sin justicia a cualquier persona implicada antes de que lo hagan los jueces y los propios tribunales competentes; por ese motivo, esta dedicación a Mercedes Pinto omite, deliberadamente por tristeza, la implicación que la familia Zerolo merecería al hablar de la intelectual tinerfeña.
Cuando Mercedes Pinto es conocedora de que tiene que huir de España, camino de América, no sólo por sus enfrentamientos feministas con el dictador Primo de Rivera, que pasan a ser de segunda importancia, sino por los tenidos con los Borbones, por sus continuos comentarios públicos sobre la terminación de la colonización de su tierra canaria -tema que ensalza desde su estrategia republicana y por la humillación de pertenecer a una nación convertida en finca de ultramar- se entera de que va a ser deportada a la isla de Fernando Poo, y no posiblemente a pasear por las arenosas tierras de la playa, sino a una prisión mixta de hombres y mujeres.
Está escrito que, después de nerviosos y difíciles trámites, obtiene su pasaporte gracias a la colaboración de Juan Vilar Rodrigo, funcionario que más tarde fue condenado a cárcel por tres años, y escapa con su familia llevando tan solo bultos y una maleta de cartón donde guarda cartas de recomendación para importantes figuras del partido político gobernante y del ambiente intelectual uruguayo.
La familia hace escala primero en Lisboa, donde ya toman el barco que los conduciría a Montevideo. Este dramático viaje de huida a la desesperada, se trasfiere en una desgracia aún mayor, con la muerte del hijo primogénito Juan Francisco, que sufre un ataque cerebral con tan sólo quince años.
Y aquí llegamos a una hermosa anécdota relatada por Sebastián Padrón Acosta, ya en Montevideo, y que muestra la estrecha y cariñosa relación de Mercedes Pinto con los Zerolo.
"?Siendo yo estudiante de Bachillerato presencié el examen de Gramática Castellana en el Instituto de Enseñanza de La Laguna de un niño que era rubio como un angelote arrancado de un lienzo de Murillo. El tribunal estaba compuesto por don Antonio Zerolo, don Antonio Álvarez de Linera y don Tomás Yanes. En la puerta que daba acceso al aula destacábase, a contraluz, la silueta grácil de una mujer que tenía los ojos verdes. Zerolo dictó al angelote rubio una frase que éste escribía en la pizarra, mientras la dama de los ojos verdes correspondía a la finura del poeta con una sonrisa y una leve inclinación de cabeza. La frase dictada por Antonio Zerolo era ésta: Mi padre fue un gran marino y mi madre es una gran poetisa. Lógicamente, la dama de los ojos verdes era Mercedes Pinto de Foronda y el angelote rubio Juan Foronda y Pinto".
Mercedes Pinto siempre tuvo presente en su memoria a Tenerife, y curiosamente la época en la metrópoli, donde todos cuantos la rodeaban en sus habituales charlas en la Residencia de Señoritas, versión para mujeres de la Residencia de Estudiantes, la impregnaban de fuerza por luchar para independizar Canarias.
El filósofo José Ortega y Gasset, con quien cruza interesadísimas tardes de charlas sobre el vivir en un pueblo libre, le advierte del peligro que le pueden suponer las conversaciones que en más de una ocasión tuvo con el príncipe Luís Fernando de Baviera -tío político de Alfonso XIII y temporalmente jefe del Gobierno de Primo de Rivera, ya que trasmitía a palacio la "peligrosidad" de una intelectual colonial que hablaba de excluir de España las lejanas islas-.
Mercedes Pinto luchó y murió por sus ideales, el primero de todos conseguir una Nación Canaria, ahora, con el transcurso de los tiempos que nos han dado la lógica y la razón, año tras año, siglo tras siglo, estamos obligados a continuar su lucha; ¡Nosotros podemos!
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